Nidos Vaciados

Hemos llegado a lo más sombrío de mi conciencia, donde la luz de la verdad apenas se atreve a filtrarse, aquí me encuentro yo, Deméter, descomposición de una generación enquistada en la era destinada a ser olvidada, madre de la desdicha y esposa del despotismo. Aturdida por el bullicioso silencio de mi moral, y con apenas fuerzas para confesar mi tormento, ni aliento para revelar la vergüenza desde las profundidades de un alma por la muchedumbre fracturada.

No ha de serles difícil comprender este paradójico viaje por el laberinto interno de una maltratada mente anciana. Entre los callejones oscuros de la desesperación, mi voz interior se alza como un susurro ahogado por el peso de la infelicidad. No sé si les he dicho, pero soy Deméter, la personificación de una sociedad atrapada en las garras del absurdo y la opresión, y en el silencio de mi verdad lleva décadas desplegándose un diálogo interno marcado por la asfixia de la angustia y la daga del remordimiento.

En las penumbras de mi alma, entre tinieblas de culpabilidad y arrepentimiento, se alza el siniestro eco de un pasado lóbrego donde la luz se desvaneció hacia el vacío, ese que habita en la gélida alma de los nidos rotos, a seis décadas de haber albergado la promesa de vida, prosperidad y felicidad. Yo, solo soy yo, Deméter, madre desgarrada por la vorágine del poder y la traición, una desdicha tejida con los hilos retorcidos de la ideología y la ambición desmedida.

Parecía haber llegado al crepúsculo de su existencia, sin levantarse del suelo, se mantenía rumiando a desaliento y bajo el peso de la oscuridad de una habitación no electrificada, donde los objetos parecen cobrar vida propia y sus sombras juegan a ser más que meras ausencias de luz, Deméter, inicialmente inmóvil intenta contemplar el inamovible tablero de ajedrez de su pasado.   

Entre las piezas, para ella, su Perséfone que ha sido forzosamente involucrada en un juego de poder que trasciende las simples reglas entre reyes y peones. Cada decisión tomada es un sendero en el vasto laberinto de posibilidades que se ramifican, y cada dimensión del espacio-tiempo tomada o no, es una probabilidad que desencadena al abanico de Shannon o más allá llegando al aproximado de Allis.

Para entonces agonizaba sufriendo el vacío existencial y su estridente mutismo cegador, mientras las paredes susurran verdades que mi corazón se había negado a aceptar por años. ¿Cómo he llegado a este abismo? ¿Acaso me dejé envolver en la nebulosa falsedad de la hemiplejía moral del implantado inconsciente colectivo? Y en sus putrefactas entrañas la figura de Hades, mi esposo, se distorsiona entre la arrogancia del poder y la soberbia tiránica. Mientras como cuervos devora ojos, las zozobras del pasado se ciernen sobre mí como un manto de pesadillas.

¿Ya no recuerdas acaso aquellos días en que jugábamos a ser libres? Los días en que Maestro era más que un maltrecho nombre, más que un legado; era la promesa de un juego sin fin, un juego donde cada movimiento era un acto de fe.

Por harto sabido tienes que aquel juego nació torcido, sus reglas como camaleones transmutaban, y el legado del Profeta se convirtió en un espejismo, una palabra vacía que Hades repetía entre desalmada sonrisa. ¿Acaso crees tú que la traición la más pura forma de fidelidad? ¿No es la tergiversación del legado del apóstol la más inhumana de nuestras ironías?

¿Insinúas que he sido además de testigo partícipe de esa gran traición? Irrespetas este apabullante dolor que se resiste a creer que he permitido que el nombre de Apóstol fuera invocado en vano, que su sueño de libertad fuera transfigurado en un laberinto sin salida, en una serie de espejos que reflejan infinitamente la misma distorsión, un mismo constructo distópico.

¿Acaso no fue tu suelo, Deméter, el que nutrió las raíces de la kakistocracia? ¿No fueron tus manos las que acunaron a Hades en su ascenso? ¿No sientes, Deméter, cómo has traicionado al apóstol de la dignidad? Su sueño de libertad convertido en una pesadilla de opresión al que discrepa bajo tu cielo.

Déjame en paz, solo quiero verla antes de morir. Mis pensamientos vagan como espectros de la otredad, reviviendo el destierro forzoso de toda alteridad. He traicionado mis propios principios, he sacrificado la libertad en el altar del colectivismo tribal, y ahora me enfrento al abismo de la culpa y el arrepentimiento.

He sido madre y parca, cuna y tumba de sueños. Hades, se embriagó de poder, y yo, en mi complacencia, me convertí en su trono. Fui yo quien vio crecer la sombra de la revolución, que prometía cosechas de igualdad, pero solo sembró tempestades de miedo represión y silencio. Oh hijita mía, ahora te llaman disidente, buscabas la luz de la verdad, pero fuiste desterrada en la incertidumbre de la noche ajena, por la interminable letanía del emigrado.

¿No recuerdas lo que eres tú, Deméter? La tierra que se partió permitiendo que la semilla del totalitarismo echara raíces profundas. ¿No ves, Deméter, que nuestra supina ignorancia ha sido la perfidia más grande?

Los ecos de su risa se han perdido, y con ellos, la luz de mis días. Perséfone, hija de una era desgarrada, desterrados por la mano que una vez prometió protegerlos. Pequeña mía, símbolo de la libertad y la esperanza, has sido arrancada de mis brazos por el caudillo cuyo corazón de hielo no conoce límites en su sed de poder. ¿Acaso fui yo, cómplice de su dolor?

¿A caso fue Hades el que tiro pedradas a religiosos, el que delató a vecinos sin siquiera certezas de nada, el que lanzó los huevos al familiar del exiliado, el que escupió la dignidad del desterrado?

Los verdugos… éramos nosotros, Deméter. Tú y yo, cómplices en el silencio, arquitectos de nuestro propio infierno.

El odio arrogantemente soberbio, como un virus se propagó desde el trono de Hades hasta el último rincón de nuestro hogar. En mi desesperación, busqué culpables donde no los había, escondiendo mi propia complicidad en esta tragedia. Me dejé seducir por el fervor revolucionario y su dogmática ideología, permitiendo que el miedo y la desconfianza gobernaran mi razón. Sacrifiqué a mis propios hijos en el altar de la revolución, convirtiéndome en sumiso pedestal.

Y aún así, ¿no fue tu mano la que cerró la puerta? ¿No fue tu voz la que se ahogó en el miedo cuando debiste hablar?

¿Pero no lo ves? ¡Yo también fui víctima! Poseída por Medea, arrastrada por una secta y sus mafiosos proselitistas que prometían igualdad y solo sembraron oprobios. Mi hija… mi pequeña Perséfone, sentenciada en nombre de una falsa devoción. Desde la complicidad de mi silencio, permití que devoraran la inocencia de mi pequeña sabichosa.

¿No ves que apenas sobrevivo? Que en el aterrador languidecer del hogar roto veo la verdad que el tiempo ha desvelado. Los verdugos no eran figuras externas, sino sombras proyectadas por el propio Hades en su delirio de grandeza.

Y ahora, Deméter, no crees que es tiempo de que las piezas se muevan por sí solas, que el tablero se expanda más allá de las fronteras de esta isla. Que la justicia no sea un jaque mate, sino un paso hacia la concordia.

He vivido más de once millones de vidas y en cada una, he visto la sombra de Hades, proyectarse sobre los muros de esta isla, que es un tablero de ajedrez donde los peones avanzan a ser sacrificados en nombre de una falacia disfrazada de estrategia mayor que jamás se alcanza a comprender.

He aquí mi confesión, mi historia contada a través de los ojos de los que se fueron, de los no se atrevieron, de aquellos que aún luchan. He sido parte de la traición, sí, pero también soy el escenario donde se desarrolla una nueva obra, donde el dolor y el arrepentimiento se entrelazan en un abrazo que busca sanar. No tener perdón es aliciente para mi viacrucis hacia la concordia.

Bajo el cielo de mi patria, una vez brilló la estrella de Martí, guía de libertad y esperanza. Un latido que no puedo silenciar, que me recuerda cada instante el precio de las mentiras, los abusos de poder y el abandono. He destrozado a mis hijos, no con mis manos, sino con mi conformidad, y esa pasividad del que mira a hacia el otro lado, del que lava sus manos así, sin más.

Algo pasa, mi derruido corazón late al ritmo de un tambor distante, un eco de libertad que se desvanece en el horizonte sucumbiendo en el agujero negro de mi trastocado ser. Y ahora, este nido vaciado es el eco de mi fracaso. La Némesis ha llegado no como venganza divina, sino como el reflejo de mis propias acciones.

Entonces, que mi voz sea un manuscrito encontrado en una botella en el mar del tiempo. Que los nidos vaciados sean la página en blanco donde se escriba una nueva historia, donde la traición a Martí sea el punto de partida para una narrativa de redención.

Que la justicia no sea la espada de la venganza, sino una balanza que mida el dolor y el amor con igual precisión. Que la concordia sea el idioma universal en el que se narren las historias futuras, y que la verdad sea la única moneda de cambio en el mercado de los días venideros. hacia un futuro donde la palabra libertad se pronuncie con la certeza de quien ha visto el amanecer después de la más larga de las noches.

– ¿Aló? ¿Quién es? – Abdala Perséfone tiene una llamada a cobrar de su padre.

-Abdala, hija mía… -papá? ¿Tú llamado? ¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a mamá?

– la ingresaron delirando por desnutrición no relacionada con enfermedad.

– Hambre papá, eso es hambre… ya no te queda a quien más asesinar.