Anatomía de una crítica administrada al castrismo en fase terminal.

«Solo los hombres pueden morir por una causa. Los estados tienen que sobrevivir.» — Cardenal Richelieu, citado por Joe García en Ciberdiálogos

En la entrevista de Ciberdiálogos con León Krauze, García invoca a Richelieu para reprochar a Díaz-Canel el sacrificio del Estado cubano por una «causa». Pero esa misma frase es la lógica precisa que permite a las élites totalitarias hacer todo lo que García les reprocha: convertir la supervivencia del aparato en imperativo categórico. La cita le falla en sentido contrario al que la usa. Ese pequeño cortocircuito de invocar al maestro del realismo cínico para denunciar el realismo cínico es un buen prólogo a la pieza, porque toda la entrevista sufre de una contradicción análoga: critica al régimen con palabras duras y le ofrece, en la conclusión operativa, exactamente lo que necesita para sobrevivir.


Nota metodológica: no se analiza una opinión, sino un dispositivo

Este ensayo no se propone atacar biográficamente a Joe García. Se propone diseccionar el dispositivo discursivo que su entrevista despliega: una crítica administrada del castrismo que concede el crimen, pero reorganiza la conclusión política hacia la normalización del criminal como interlocutor legítimo. El individuo importa solo en la medida en que opera dentro de una red de intereses, categorías, instituciones y mediaciones simbólicas que convierten el fracaso totalitario en oportunidad de reapertura transaccional.

Añado una precisión personal necesaria: no conozco personalmente a Joe García, no he tratado con él y no pretendo juzgar la totalidad de lo que haya hecho, crea haber hecho o pueda seguir haciendo por Cuba. Este ensayo no evalúa su vida privada, sus motivaciones íntimas ni el balance completo de su trayectoria. Se limita a examinar su conducta pública conocida, sus intervenciones verificables, sus posiciones políticas expresadas en espacios públicos y los efectos discursivos de esta entrevista concreta. La crítica, por tanto, no es moralizante ni biográfica: es política, textual y funcional. No juzga el alma del actor; juzga la arquitectura pública del discurso y su utilidad objetiva para una operación de normalización del castrismo como interlocutor.

La tesis: La entrevista de Joe García en Ciberdiálogos —en el espacio sostenido por León Krauze, Letras Libres y Banamex— no lava al castrismo como ideología. Lo lava como interlocutor. Y en la fase terminal de una cleptocracia kakistocrática totalitaria, esa es precisamente la forma más útil de propaganda castrista.

El primer paso para entender la pieza es comprender por qué esa distinción importa. El lavado ideológico«la revolución cubana fue una experiencia humanista interrumpida por la agresión imperial»— ya no es defendible en este registro intelectual ni ante esta audiencia. Esa pieza retórica está agotada. La diáspora cubana, el periodismo serio y la inmensa mayoría de la opinión pública latinoamericana mínimamente informada han hecho ya el trabajo de descalificarla. Lo que el régimen necesita en su fase terminal no son apologistas ideológicos. Necesita interlocutores reconocidos. Necesita que la conversación internacional se traslade del eje «este régimen es legítimo / ilegítimo« al eje «cómo nos relacionamos con este régimen«.

Ese deslizamiento de pregunta cambia todo el espacio de respuestas admisibles. La primera pregunta solo admite, en buena fe democrática, una respuesta: ilegítimo. La segunda admite todo el catálogo del engagement: levantar sanciones, abrir comercio, estimular pymes, financiar reformas, esperar evolución, exigir poco, conceder mucho, «tener fe». La operación de García consiste exactamente en producir ese deslizamiento, sin que parezca que lo hace.

Método: análisis del dispositivo, no del individuo.

Llamar a un texto «propaganda» puede parecer descortés cuando proviene de un crítico declarado del régimen. Por eso conviene precisar el método. La pregunta no es si García ama o defiende al castrismo. La pregunta es si la arquitectura discursiva que despliega cumple, independientemente de su intención subjetiva, la función política de oxigenar al régimen en un momento crítico. Esa pregunta no es psicológica sino estructural. Importa menos lo que García cree que lo que su entrevista hace en el espacio público: qué desplaza, qué suaviza, qué pide, qué legitima, a quién beneficia el marco que instala. Un dispositivo retórico tiene efectos reales aunque ningún sujeto individual los persiga deliberadamente; del mismo modo que una política monetaria produce efectos reales sobre los precios aunque ningún funcionario los desee. Por eso este análisis es funcional, no biográfico y en ese sentido diseca un texto, no a un hombre.

La concesión inicial: la verdad como aval.

García abre con un gesto que parece de extraordinaria honestidad, concediendo:

  • Que el régimen cubano es una cleptocracia.
  • Que en Cuba se vive en terror: cita su propia visita y la imposibilidad de los cubanos de mencionar el apellido Castro.
  • Que hay falta absoluta de libertades, «absoluta».
  • Que el sistema comunista fracasa económicamente por definición.
  • Que Cuba (el castrismo) malgastó un país que en 1958 competía económicamente con Argentina, era más rico que España y atraía inmigración europea.
  • Que el régimen ha invertido en hoteles de lujo —cita uno de 300 millones de dólares— mientras abandonaba agricultura, capital humano, educación y salud.
  • Que la dictadura «confunde la nación con el gobierno».
  • Que Díaz-Canel y los suyos protegen no la nación sino sus privilegios.

Estas concesiones son precisas y correctas. Y son, simultáneamente, la maniobra de apertura más cuidadosamente diseñada del dispositivo. Funcionan como credencial de honestidad anti-régimen que García depositará después, en la conclusión, para autorizar una propuesta operativa exactamente opuesta a lo que esas mismas concesiones implicarían. El truco es viejo y eficaz: «no soy apologista; yo también critico al régimen; precisamente por eso pueden confiar en mi propuesta de diálogo». Pero el problema no está en si critica o no. El problema está en qué hace con la crítica. Aquí la crítica no funciona como acusación moral exigible de consecuencias políticas, sino como anestesia previa a una operación de reinserción del aparato represivo en circuitos comerciales y diplomáticos sin haberlo desmantelado.

El desplazamiento: del crimen de Estado a la reconciliación nacional.

El movimiento decisivo del dispositivo aparece en la primera respuesta del invitado: «El fracaso más grande de la revolución cubana es precisamente […] su incapacidad de hacer una reconciliación nacional.»

Y a renglón seguido, una frase reveladora: «Vamos a ni juzgarlo en este momento.»

Estas dos formulaciones, juntas, ejecutan lo que aquí llamaremos anestesia terapéutica: la traducción sistemática del léxico jurídico-político (crimen, justicia, reparación, transición) al léxico clínico-relacional (trauma, reconciliación, sanación, diálogo). El efecto político es la equiparación entre agresor y víctima.

Operadores léxicos típicos de este registro:

  • «reconciliación nacional» en lugar de transición y rendición de cuentas;
  • «heridas históricas» en lugar de crímenes de Estado documentables;
  • «diálogo» en lugar de negociación con condiciones verificables;
  • «fe en la nación» en lugar de instituciones funcionales;
  • «no juzgar en este momento» en lugar de aplicar el estándar del derecho internacional.

En el primer registro hay un culpable y una víctima; en el segundo, hay dos partes de un sistema relacional disfuncional que deben «encontrarse». Ese deslizamiento es el regalo más valioso que el lenguaje puede hacerle a un régimen totalitario, porque le devuelve algo que perdió ontológicamente al ejercer el monopolio totalitario: el estatuto de interlocutor moralmente comparable.

La cleptocracia kakistocrática totalitaria castrista se redescribe, así, como pareja con problemas de comunicación. Las víctimas del 11J, los asesinados durante 65 años de represión, los Hermanos al Rescate derribados, los ahogados en el remolcador «13 de marzo», los presos de conciencia con condenas de 22 años por colocar carteles, todos pasan al fondo del cuadro. Lo que ocupa el primer plano es un drama de incomprensión nacional que pide elaboración psicológica. Eso es anestesia. Y precede, como toda anestesia, a una intervención.

Los presos políticos: la «negociación» como aceptación del marco del secuestrador.

Aquí está la fisura moral más grave de toda la entrevista. García narra su única reunión con Díaz-Canel y reconstruye el momento en que abordó el tema de los presos:

«No me importa si son culpables, si son esto, si son lo otro, le hace daño al país.»

A primera lectura suena humanitario. Diseccionado, es profundamente problemático. García no dice que son inocentes del único «delito» cometido —ejercer derechos fundamentales reconocidos por la Declaración Universal y por la propia Constitución cubana de 2019. No dice que fueron condenados por tribunales subordinados al poder político en juicios sumarios. No dice que el régimen usa el derecho penal como tecnología de terror. No exige excarcelación inmediata, incondicional, con anulación de condenas. Dice, en sustancia: «aunque fueran culpables, conviene soltarlos porque dificultan el diálogo.» Esa formulación desplaza el centro moral del asunto. El preso político deja de ser sujeto de derecho y se convierte en obstáculo reputacional para una negociación. El crimen de su encarcelamiento se reformatea como inconveniente diplomático.

La respuesta de Díaz-Canel sella la operación: «No es tan fácil como tú te imaginas.»

La máscara cae. Liberar presos políticos es trivialmente fácil para un régimen que los detuvo unilateralmente sin debido proceso. La única «dificultad» es que el régimen los usa como activo de negociación y como instrumento de terror disuasorio interno. es imperdonable el internalizar la lógica del secuestrador: aceptar que el captor tiene problemas legítimos para liberar al rehén.

Los datos hacen imposible cualquier embellecimiento del cuadro. Human Rights Watch, en su informe mundial 2025, documenta que las autoridades cubanas continuaron deteniendo, hostigando e intimidando a críticos, periodistas, activistas y opositores. Prisoners Defenders, organización con metodología robusta y reconocida internacionalmente, contabilizaba a octubre de 2025 cerca de 700 presos políticos. Justicia 11J registra 359 personas vinculadas a las protestas de julio de 2021 todavía en prisión, varias con condenas de hasta 22 años. HRW documentó en abril de 2026 que excarcelados tras negociaciones previas denunciaron golpizas, aislamiento, condiciones insalubres y falta de acceso a alimento y agua limpia, y que varios liberados siguieron bajo vigilancia o fueron devueltos a prisión.

Frente a esa realidad, la pregunta correcta no es si el régimen «soltará presos» como gesto de buena voluntad en una negociación. La pregunta correcta es: ¿Quién responde penal, política y moralmente por haberlos encarcelado? García se queda escrupulosamente antes de ese umbral. Se apura. Retoca. Embellece. Humaniza al carcelero al elevarlo a parte negociadora.

PYMES: sociedad civil bajo licencia del carcelero.

El núcleo propositivo del argumento de García es la tesis de que las pequeñas y medianas empresas privadas cubanas (PYMES o mipymes), legalizadas en 2021, generan sociedad civil empresarial y constituyen vía de democratización desde dentro. Él mismo afirma haber sido parte activa del movimiento que las apoyó, recibiendo críticas duras en el exilio por ello, y celebra el resultado como «el único éxito que Cuba puede clamar en los últimos tres o cuatro años.»

La fórmula es seductora porque tiene precedente teórico aparente: mercado → autonomía → sociedad civil → pluralismo → democracia. Es la hipótesis convergencista clásica, popularizada por la teoría modernizadora de los años sesenta y reciclada en los noventa para justificar la apertura comercial con China.

Pero la hipótesis tiene un eslabón ausente que la hace inaplicable a Cuba: el Estado de derecho. Sin propiedad protegida frente al Estado, sin tribunales independientes, sin prensa libre, sin derecho de asociación política, sin partidos legales distintos al PCC, sin sindicatos autónomos, sin libertad de financiamiento político, sin garantías contra confiscación arbitraria, una pyme no es necesariamente célula de sociedad civil emergente. Puede ser, y en Cuba demostradamente es:

  • válvula de escape económica del propio régimen, que externaliza el costo de fallas estatales;
  • mecanismo de captación de remesas familiares;
  • intermediario importador autorizado bajo licencia política;
  • zona gris para testaferros y blanqueo;
  • instrumento de control social vía permisos, impuestos selectivos e inspecciones discrecionales;
  • clase dependiente del Estado, no clase autónoma frente al Estado.

La regulación estadounidense ha intentado distinguir formalmente «independent private sector entrepreneurs» excluyendo a funcionarios prohibidos del Gobierno cubano y a miembros prohibidos del Partido Comunista. Pero esa exclusión documental no resuelve el problema estructural: en un Estado totalitario, la independencia económica no se presume; debe demostrarse contra el aparato de control. Y el aparato no juega limpio.

La evidencia empírica más reciente es decisiva. Reuters documentó en septiembre de 2024 que el gobierno cubano endureció las reglas sobre el sector privado: más requisitos burocráticos, mayor carga impositiva, supervisión intensificada, restricciones a mayoristas independientes, posibilidad ampliada de denegar licencias según planes locales. Un especialista citado por la agencia resumía con precisión clínica: las regulaciones constriñen el sector privado en vez de liberarlo, porque el régimen lo necesita pero desconfía de él y quiere mantenerlo bajo control estatal.

Esa frase es la falsación empírica de toda la arquitectura del argumento de García. La PYME en Cuba no es sociedad civil emergente: es economía tolerada bajo licencia revocable. Es racionamiento privado dentro de la jaula, no autonomía contra ella. Hay emprendedores reales, sí. Hay cubanos intentando sobrevivir con admirable iniciativa, sí. Pero convertir ese fenómeno en prueba de apertura democrática es, técnicamente, una falacia.

Cuando un empresario (emprendedor) que sin ser formalmente parte del Estado obtiene un monopolio de facto gracias a su afinidad, cercanía, protección política o por conveniencia del podersí tiene nombre. Porque cuando la actividad económica depende más de relaciones personales con el poder político que de la competencia o la innovación, hablamos de capitalismo de amiguetes (crony capitalism). Cuando se termina en posesión de un monopolio legal o monopolio otorgado por el Estado, como ha sucedido con estos regímenes. Entonces el empresario no “gana” compitiendo en el mercado: se lo entregan. Llegado el caso en el que el empresario depende del Estado, y el Estado depende del empresario para financiarse, sostener redes, o ejecutar proyectos, se torna un clientelismo empresarial de complicidad. Hasta cuando el cuando el empresario se vuelve parte del aparato de poder, o sea, uno de sus oligarcas.

El conflicto de interés: comentarista como operador.

Aquí el método obliga a precisión. No estamos acusando a García de ser «agente» del régimen ni de tener tratos ilícitos. Eso requeriría evidencia legal que no poseemos y que sería irresponsable presumir. Lo que sí está documentado en fuentes públicas verificables es que García no comenta sobre la política Cuba-EEUU desde una neutralidad analítica limpia: es operador activo del ecosistema PYME que luego presenta como vía democratizadora.

WLRN (Miami) reporta que García asesora a estadounidenses sobre cómo apoyar pymes cubanas y sostiene que la mayoría de esos negocios son independientes del régimen y pueden democratizar Cuba. Akerman LLP documenta que una delegación de más de 70 empresarios cubanos viajó a Miami en septiembre de 2023 para reunirse con líderes empresariales y representantes del gobierno estadounidense, y que Joe García ayudó a coordinar la visita. CiberCuba registra que García defendió públicamente las medidas del Tesoro de mayo de 2024 favorables a las mipymes cubanas y abogó por levantar restricciones financieras adicionales para esas empresas.

Eso configura un conflicto de interés discursivo específico que conviene nombrar con exactitud:

  1. Promueve el sector PYME que luego presenta como vía democrática;
  2. Asesora o facilita conexiones operativas alrededor de ese sector;
  3. Defiende públicamente medidas regulatorias que benefician al sector;
  4. Y se presenta como intérprete objetivo de la política hacia Cuba ante audiencias que desconocen los tres puntos anteriores.

El comentarista está contaminado por el operador. No describe simplemente una ruta posible: empuja una arquitectura de intereses en la que él mismo participa. La transparencia mínima exigible a un análisis publicado en un espacio como Ciberdiálogos sería declarar esa posición. La entrevista no la declara. Krauze no la pregunta. El ambiente anti-trumpista es a todas luces evidente, lo que sesga.

Obama y la Ostpolitik: una hipótesis ya falsada.

García defiende la apertura de la «doctrina» Obama de 2014-2016 con una concesión llamativa: «el central error de lo que hizo Obama […] es que los cubanos americanos no fueron central en esa discusión.» La crítica es procedimental —no fuimos consultados— y no sustantiva —la política era correcta. Como si el problema del deshielo hubiera sido la composición de la mesa y no la teoría de fondo.

La teoría de fondo podríamos enmarcarla en una variante latinoamericana del Wandel durch Annäherung —»cambio a través del acercamiento«— formulado por Egon Bahr y Willy Brandt para la Ostpolitik alemana de los años setenta. La hipótesis era que la apertura económica y diplomática reblandecería al régimen autoritario y produciría liberalización política. La Directiva Presidencial de Normalización con Cuba, de octubre de 2016, formalizó esa apuesta: aumentar viajes, comercio, flujo de información, contacto pueblo a pueblo, y promover derechos humanos a través del engagement. El experimento ya tiene veredicto empírico, y es desfavorable.

Cuba 2014-2016: Human Rights Watch advirtió en marzo de 2016 que la situación de derechos humanos en Cuba permanecía «largely unchanged» desde el anuncio Obama-Castro de diciembre de 2014. Cuba liberó 53 presos como gesto, pero no permitió las visitas prometidas del Comité Internacional de la Cruz Roja ni de monitores de Naciones Unidas, y siguió empleando detenciones arbitrarias para impedir marchas y reuniones pacíficas. Las Damas de Blanco fueron detenidas semana tras semana durante toda la fase de «deshielo».

Casi una década después: Freedom House sigue clasificando a Cuba como Not Free, con un Estado comunista de partido único que prohíbe el pluralismo político, censura medios independientes, reprime la disidencia y restringe severamente las libertades civiles.

Los tres referentes comparados de la teoría del engagement tampoco la respaldan:

  • Vietnam, citado por García como éxito de la apertura estadounidense, es hoy un Estado-Partido leninista con economía liberalizada y represión política intacta. Es el modelo chino. Ofrecerlo como meta para Cuba es endosar exactamente el «modelo Venezuela» que García dice rechazar, solo que con eficiencia asiática.
  • China, abierta económicamente desde 1978, no produjo apertura política. Produjo un aparato de control político, jurídico, tecnológico y policial mucho más sofisticado, del cual el sistema de crédito social, los campos de Xinjiang y la liquidación de las libertades en Hong Kong en 2020 son expresiones paradigmáticas.
  • La RDA, supuesto laboratorio histórico del Wandel durch Annäherung, no cayó por Annäherung. Cayó por agotamiento soviético, presión interna grassroots —iglesias luteranas, manifestaciones de Leipzig— y colapso económico estructural del bloque. Brandt y Schmidt mantuvieron al régimen flotando dos décadas más de lo que habría durado sin sus créditos. Para muchos historiadores serios de la posguerra, Wandel durch Handel fue, en buena medida, subsidio al opresor.

El castrismo no interpreta la apertura como invitación a liberalizarse. La interpreta —porque ha demostrado, durante 65 años, su capacidad para hacerlo— como oportunidad de recibir oxígeno financiero, dividir al exilio, producir interlocutores domesticados, obtener legitimidad internacional, capturar rentas turísticas y de remesas, mantener represión interna intacta, y vender concesiones cosméticas como reformas históricas. Quien propone reabrir el experimento sin cambiar las variables que lo hicieron fracasar no está haciendo política exterior. Está haciendo, en sentido estricto, una hipótesis inmunizada: ningún resultado puede falsarla, porque cada fracaso se reinterpreta como ejecución imperfecta de una política buena en abstracto.

Mas Canosa: la necrofagia política.

Una de las maniobras más cínicas, a mi entender, de la entrevista, es la apropiación de Jorge Mas Canosa como mentor. García narra la fundación de la Cuban American National Foundation en términos casi bíblicos —«a nivel de Biblia» dice literalmente—, comparando a Mas Canosa con Moisés y a Marco Rubio con la culminación providencial del proyecto. La narración es bella. Y es necrofagia política.

Llamamos necrofagia política a la invocación táctica de un actor político fallecido para legitimar una posición que ese actor habría rechazado en vida, valiéndose de la imposibilidad biográfica de su réplica. Tres condiciones distinguen esta operación del simple «appeal to authority»:

  1. Oposición específica documentable del invocado a la tesis que se defiende.
  2. Vínculo personal explícito del invocador (mentor, discípulo, colaborador), que opera como endoso transitivo emocional.
  3. Descontextualización selectiva del legado: se cita el gesto fundacional pero no la doctrina que lo enmarcaba.

Las tres se cumplen aquí. Mas Canosa fundó la CANF sobre la premisa de que la diáspora es vehículo de presión sobre el régimen, no de oxigenación. Su línea —desde la Comisión Nacional Cubana hasta la Ley Helms-Burton, en cuyo diseño participó intensamente— rechazaba explícitamente cualquier compromise que conservara estructuras del aparato totalitario. Que García lo invoque como mentor mientras predica la tesis opuesta no es eclecticismo ideológico de un heredero matizado: es uso instrumental de un cadáver que no puede protestar. El gesto es particularmente revelador porque señala el problema de legitimidad sucesoria que toda esta operación enfrenta: García no puede defender su tesis sin tomar prestada la autoridad moral de una figura que la habría combatido. Esa toma forzada de capital simbólico ajeno es el síntoma de que la posición propia no se sostiene sin trampa.

Krauze y el escenario: el dispositivo de validación liberal.

El análisis quedaría incompleto si solo nombrara al invitado. Ciberdiálogos no es escenario neutro. Es dispositivo de validación, y nombrarlo es parte del trabajo crítico.

El programa, conducido por León Krauze —periodista mexicano de Univisión, hijo del historiador Enrique Krauze— se sostiene sobre tres apoyos institucionales: el patrocinio de Banamex, la articulación editorial con Letras Libres, y el capital simbólico del liberalismo intelectual mexicano que ese conjunto representa. Letras Libres, fundada en 1999 por Enrique Krauze como heredera intelectual de Vuelta —la revista que Octavio Paz dirigió desde 1976 hasta su muerte—, ha construido durante un cuarto de siglo una marca de liberalismo crítico latinoamericano que rechaza explícitamente al castrismo, al chavismo y a los populismos. Precisamente por eso su capital simbólico importa: cuando una plataforma de esa tradición presta escenario a una operación de normalización del régimen como interlocutor, el efecto no es neutro.

La pregunta crítica es entonces: ¿qué hace Krauze con esa credibilidad cuando el invitado ejecuta la operación que hemos descrito? La transcripción es transparente. En los momentos clave del dispositivo, el conductor:

  • No interviene cuando García afirma que el embargo existe «porque los cubanos americanos hacen un esfuerzo diario de mantenerlo», inversión causal que despolitiza la sanción;
  • Acepta sin pregunta la retórica de García al «no es tan fácil» de Díaz-Canel, episodio que ameritaba contestación;
  • Permite la descalificación del 80% de la encuesta del Miami Herald mediante la analogía «si preguntas si quieren ser ricos, el 98% dirá que sí», sin objetar la equiparación de la demanda de libertad con una fantasía infantil;
  • Cierra con «yo creo que tienes razón», validando los dos pronósticos del invitado: que habrá acuerdo EEUU-Cuba con cesiones mutuas, y que los demócratas tomarán la Casa Blanca en 2028.

Ese cierre deja de funcionar como distancia periodística estricta y opera, al menos discursivamente, como endoso. Y el endoso de Krauze, en este contexto institucional, es transferencia de capital simbólico del liberalismo latinoamericano a una operación que objetivamente milita por la supervivencia del régimen como interlocutor.

Esa corresponsabilidad no implica mala fe del entrevistador. Implica quizás algo más ilustrativo: que el liberalismo mexicano post-Paz tiene una zona ciega específica, no necesariamente frente al castrismo, pero sí a consecuencias derivadas del anti-trumpismo, y su posición en el espectro político mexicano. Para distanciarse de la izquierda morenista y chavista, ese liberalismo necesita mantener cierta distancia crítica respecto al castrismo —y la mantiene en lo declarativo. Pero la naturaleza misma de su liberalismo —pro-engagement, pro-diplomacia, pro-soluciones-negociadas, anti-hardline— lo predispone a recibir con simpatía propuestas como la de García, que se presentan como sofisticadas, dialogantes y opuestas al «extremismo» de Marco Rubio o de la línea Helms-Burton.

El resultado es que el espacio que en lo declarativo es anti-castrista, en lo operativo se convierte, en este episodio, en plataforma de engagement-washing. Eso debe poder decirse, sin paranoia y sin descortesía, como diagnóstico estructural del dispositivo.

Me permito preguntarle a todos: ¿Los cubanos tenemos —como cualquier pueblo sometido a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos— el derecho legítimo, moral y jurídicamente defendible a exigir que los responsables de la represión sean detenidos, procesados y removidos del poder, tal como ocurrió con Nicolás Maduro cuando fue trasladado esposado para enfrentar la justicia?

Conclusión: el engagement-washing en fase terminal.

Todo lo anterior puede resumirse en una categoría operativa: engagement-washing. Es subespecie de blanqueo reputacional específica de regímenes autoritarios consolidados, en la que el agente del lavado no es el propio régimen —a diferencia del sportswashing o el greenwashing— sino un tercero, típicamente un actor democrático con credenciales de credibilidad anti-régimen, que opera bajo cuatro reglas:

  1. Concesión documentada de los crímenes. El agente reconoce explícitamente la naturaleza autoritaria del régimen. Esta concesión es la que distingue al engagement-washing del apologismo crudo: aquí no se niega nada.
  2. Reformulación del problema. La pregunta deja de ser ¿es legítimo este régimen? y pasa a ser ¿cómo nos relacionamos con este régimen?
  3. Construcción de moderación vía concesión. Cuanto más duramente se describe al régimen, más razonable parece la propuesta de compromise. La crítica funciona como capital reputacional reinvertido en la conclusión opuesta.
  4. Provisión de cobertura discursiva para operaciones transaccionales de terceros: importadores autorizados, fondos, hoteleros, consultores, asesores PYME. El agente del lavado no necesariamente cobra; basta con que abra el espacio narrativo donde otros sí cobran.

Podemos señalar la diferencia técnica con la propaganda clásica: la propaganda niega los hechos; el engagement-washing los acepta y reasigna su significado político. Por eso es más eficaz: inmuniza contra la crítica empírica, porque ya incorporó los datos al modelo. Los cuatro requisitos se cumplen secuencialmente en Ciberdiálogos episodio 107. Es en muchos aspectos caso de manual.

Y aquí está la frase que debe ordenar toda lectura crítica futura de este tipo de pieza:

La entrevista no lava al castrismo como ideología; lo lava como interlocutor. Y en la fase terminal de una cleptocracia kakistocrática totalitaria, esa es precisamente la forma más útil de propaganda.

El régimen cubano, en 2026, no necesita defensores. Necesita acuerdo. Necesita ser reconocido como contraparte negociadora con quien una administración estadounidense pueda construir un deal, conservando GAESA, conservando la Seguridad del Estado, conservando los archivos, conservando la impunidad de los represores, conservando el aparato; cediendo en lo cosmético, soltando algunos presos como gesto, autorizando algunas pymes como muestra, reescribiendo la Constitución otra vez como hizo en 1976, en 1992 y en 2019, y prometiendo elecciones eventuales con calendario indefinido.

A esa operación, Joe García —probablemente sin proponérselo, dándole el veneficio de la duda, y casi seguramente convencido de hacer el bien— le ofrece la voz del cubanoamericano demócrata sofisticado, ex-CANF, hijo putativo de Mas Canosa, capaz de elogiar a Marco Rubio y de citar a Richelieu en el mismo aliento.

Y Ciberdiálogos le ofrece el escenario. Y Letras Libres y Banamex le ofrecen el sello.

Esa cadena —operador, entrevistado, escenario, marca, sello— es el dispositivo completo. El castrismo terminal ya no necesita que lo absuelvan; necesita que lo sienten a la mesa como si aún representara legítimamente a Cuba. Ver esa operación entera es la única manera de no convertirse, por sofisticación, prudencia o cansancio moral, en parte funcional de ella.

P. D. Agradezco sinceramente a León Krauze, a Ciberdiálogos, a Letras Libres y a todos los medios que, con profesionalismo y apertura, han dado visibilidad a la lucha del pueblo cubano contra la maquinaria totalitaria que lo oprime desde hace más de seis décadas. Toda plataforma que permita exponer la verdad —sin maquillajes, sin eufemismos y sin concesiones— contribuye a mantener viva la demanda esencial de los cubanos: libertad, justicia y dignidad. Que este debate sirva para recordar que, detrás de cada análisis, hay vidas concretas que siguen pagando el precio de un régimen que no ha renunciado a su vocación represiva.


Referencias


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Military.com. (2026, 16 de abril). Cuban Americans support US military attack on Cuba, reject economic deal, poll shows. Military Daily News. (Reproduce contenido original del Miami Herald).

POLITICO. (2026, abril). Survey of South Florida Cuban & Cuban-American Residents. (Documento metodológico del estudio).


Nota sobre la encuesta del Miami Herald: la encuesta citada en este ensayo, realizada a 800 cubanos y cubanoamericanos en los condados de Miami-Dade, Broward, Palm Beach y Monroe, fue publicada por The Miami Herald en abril de 2026 y reportada secundariamente por NBC 6 South Florida, CBS Miami, WLRN y Latin Times. Datos clave: 69% se opone fuertemente a un acuerdo que permita al gobierno actual permanecer en el poder a cambio de reformas económicas; 78% se opone en total; 77% estaría insatisfecho con negociaciones que mejoren condiciones sin elecciones libres y democracia; 68% rechaza diálogos que fortalezcan al gobierno aunque demoren mejoras para el pueblo; 79% apoya alguna forma de intervención militar.

Cuando el verdugo se viste de profesor: anatomía del nuevo blanqueamiento marxista “crítico” del castrismo.

“Mal nombrar un objeto es añadir al infortunio de este mundo.” — Albert Camus, (Sur une philosophie de l’expression)

Advertencia preliminar

No he leído el libro. No me es posible, en rigor, juzgar lo que no he tenido entre las manos. Pero un autor que sale a defender públicamente su obra es un autor que entrega gratuitamente la radiografía de su tesis. Y la radiografía que ha entregado el sociólogo Frank García Hernández, residente en Buenos Aires, en su entrevista de promoción de Cuba: una historia crítica, 1959-2025, a ladiaria de Uruguay no augura nada bueno. Augura, más bien, un eco más —pulido, refinado, trotskizante— de la cleptocracia kakistocrática castrista totalitaria que ha desangrado a mi patria durante seis décadas y media.

Lo que pretendo, entonces, no es reseñar el libro. Es algo más urgente: poner bajo el colimador el dispositivo retórico con el que su autor lo defiende. Porque ese dispositivo —y no las páginas que aún no he leído— es el verdadero objeto de análisis. Quien no puede defender públicamente la tesis de su libro sin tergiversar hechos esenciales, al menos nos entrega una señal preocupante sobre el marco interpretativo que lo organiza.

Conviene nombrar lo que tenemos delante. No estamos ante propaganda granmista de los años setenta —tosca, heroica, soviética—. Tampoco ante la apologética turística de los izquierdistas que descubren los mojitos del Hotel Nacional. Estamos ante algo más sofisticado:

A lo que llamo blanqueamiento crítico-marxista de tercera generación al dispositivo que admite crímenes, censura y fracaso económico solo para reabsorberlos en una teoría de la desviación, preservando intacta la legitimidad moral del origen revolucionario.

La fórmula es relativamente elegante, y por eso peligrosa: sí, hay represión; sí, hay censura; sí, hay penuria; sí, Díaz-Canel es ilegítimo; sí, Raúl maniobra dinásticamente. Concedido todo eso —que ya nadie con dos neuronas funcionales puede negar— el autor se reserva el derecho a salvar lo único que le importa salvar: la legitimidad moral del origen, la sacralidad de Fidel, la heroicidad del Che y la pureza ideal del proyecto socialista cubano.

Es la apologética perfecta para 2025: ya no hay que negar los apagones, los presos del 11J, los éxodos masivos ni el clan dinástico. Hay que reordenarlos dentro de un marco que mantenga al fundador en el altar. Por eso las patologías del régimen son siempre «burocratización», «sovietización», «Maoismo raulista» o «presión imperialista» —nunca consecuencia natural y previsible del diseño leninista-castrista mismo.

El método del castrismo no es marxismo: es un dispositivo de cámara hiperbárica que mantiene vivo al cadáver moral del fidelismo. La crítica se moviliza para conservar el núcleo, no para falsarlo.

Pero sin más, pasemos a las mentiras concretas:

Primera mentira: el «debate intelectual» en jaula con barrotes invisibles… Afirma el sociólogo: «entre los años 60 hasta el 71 hay fuertes debates intelectuales que uno lo lee hoy y dice: esto es increíble lo que estaban diciéndose. Hoy eso no existe».

Esta frase es, técnicamente, una verdad encapsulando una mentira. Es cierto que existió cierta discusión entre corrientes revolucionarias autorizadas. Es absolutamente falso que esa discusión constituyera libertad intelectual en sentido alguno reconocible para un republicano, un liberal, un socialdemócrata o cualquier humanista serio.

El marco lo había fijado Fidel personalmente el 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional, durante el episodio del documental PM. La fórmula —y tatúesela el lector en la memoria— fue: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada (ningún derecho).»  No es una frase: es la constitución cultural informal del castrismo, vigente desde entonces hasta este martes 5 de mayo de 2026 en que escribo.

¿Qué significa eso? Que se podía discutir cómo servir mejor a la Revolución —no si la Revolución tenía derecho a monopolizar la nación—. Se podía discrepar dentro de la liturgia —no contra el altar—. Esa no es la condición epistémica de una república deliberativa. Es la condición de un seminario obligatorio.

Y mientras existían esos «debates» que tanto admira el sociólogo, ¿qué pasaba simultáneamente en el país?

En esa misma reunión donde Fidel pronunció la frase fundacional, Virgilio Piñera —uno de los mayores escritores cubanos del siglo XX— pronunció la confesión más estremecedora de la historia intelectual de Cuba: «Yo no sé qué decir. Yo solamente tengo miedo.» ¿Eso es un debate fuerte, profesor García Hernández? ¿O es la radiografía de un terror?

En 1961 fue censurado el documental PM y clausurado Lunes de Revolución, el suplemento cultural más importante del momento.

Entre noviembre de 1965 y julio de 1968 funcionaron los campos de la UMAP —Unidades Militares de Ayuda a la Producción— en Camagüey, donde fueron internados en trabajo forzado entre 30.000 y 35.000 ciudadanos: homosexuales, creyentes religiosos, testigos de Jehová, sacerdotes, ministros protestantes, objetores, jóvenes considerados «antisociales», campesinos resistentes a la colectivización. Las cifras documentadas son escalofriantes: más de 500 ingresos psiquiátricos por colapso mental, al menos 180 suicidios y más de 70 muertes por tortura o ejecución extrajudicial. Pablo Milanés pasó por allí. El cardenal Jaime Ortega pasó por allí. Reinaldo Arenas sufriría por otra vía la persecución homófoba, la cárcel en El Morro y Villa Marista, la censura editorial y el exilio del Mariel. Décadas después, el propio tirano Fidel Castro admitió personalmente: «Si alguien es responsable, soy yo» —admisión personal del fundador, no una «burocracia descontrolada»—. ¿También fue eso parte de los «fuertes debates», profesor?

En 1968, Fuera del juego de Heberto Padilla obtuvo el premio UNEAC con un epílogo del comité que lo declaraba contrarrevolucionario. La marca de Caín antes del crucifijo público.

En 1971, Padilla fue obligado a leer una autoinculpación pública que es —cualquier intelectual del mundo lo sabe— la versión cubana de los procesos de Moscú. Allí inculpó también a su esposa Belkis Cuza Malé, a Lezama Lima, a César López. Ese fue el «debate».

A partir de 1971 y hasta 1976 se desplegó el Quinquenio Gris, eufemismo amable para una persecución sistemática: parametración de intelectuales —se les aplicaban «parámetros ideológicos» como a animales en una finca—, expulsiones, silenciamientos. Lezama Lima murió en 1976 olvidado por el régimen que decía construir cultura. Virgilio Piñera murió en 1979 en miseria y vigilancia. Pedro Luis Boitel, poeta y dirigente estudiantil, murió en huelga de hambre en una prisión castrista el 25 de mayo de 1972, después de cincuenta y tres días sin comer.

Pregunto, con la calma que da no haber olvidado nada: ¿esto es lo que el profesor llama «fuertes debates intelectuales»? Si es así, su definición de «debate» requiere una intervención semántica de urgencia. Si no es así, está mintiendo —y mintiendo sobre los huesos de mis compatriotas asesinados por sus convicciones—.

Segunda mentira: la «oposición de derecha tomó las armas» — el paradigma Huber Matos.

El sociólogo sostiene que la oposición temprana se puso al margen de la ley porque tomó las armas contra el gobierno constituido. Esta frase contiene la forma lógica perfecta del sofisma: parte verdad —hubo oposición armada, sabotajes, operaciones de la CIA, invasión de Bahía de Cochinos—, pero usa esa parte para anular ontológicamente toda oposición pacífica, ética y revolucionaria.

La refutación más limpia de esta tesis no requiere argumentación abstracta. Tiene nombre, apellido, rango militar y veinte años de cárcel: Comandante Huber Matos Benítez.

Matos no era batistiano, no era de derecha, no era oligarca, no era anticomunista venido de Miami. Era comandante del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra y jefe militar de la provincia de Camagüey —uno de los hombres que hicieron la revolución, no uno de los hombres que la combatieron—. En octubre de 1959, apenas nueve meses después del triunfo, presentó su renuncia por escrito a Fidel Castro. No tomó armas. No saboteó. No conspiró con potencias extranjeras. Solo escribió una carta advirtiendo, con preocupación ética, sobre la creciente infiltración de cuadros comunistas radicales en el gobierno y el ejército, y sobre el desvío deliberado respecto de los principios democráticos y constitucionales que habían inspirado la insurrección original.

¿Cuál fue la respuesta de la cúpula castrista a un disenso pacífico, escrito y revolucionario? Camilo Cienfuegos arrestó a Matos y a quince de sus oficiales por orden directa de Castro. Matos fue trasladado a La Cabaña. Castro orquestó una campaña pública de asesinato moral —mítines, concentraciones, prensa estatal— para prejuzgar al detenido como «traidor» antes de cualquier juicio. En diciembre de 1959, Matos fue sometido a una corte marcial donde el propio Fidel Castro y Ernesto Guevara comparecieron como testigos pidiendo condenas máximas. Sin pruebas, sin garantías procesales, sin defensa real. Lo condenaron a 20 años de prisión por «sedición y traición». Cumplió la sentencia íntegra hasta el último día. Salió libre en octubre de 1979, después de dos décadas de tortura física y psicológica.

Matos no es un caso aislado. Junto a él fueron purgados, expulsados, encarcelados o exiliados Manuel Urrutia (presidente revolucionario forzado a renunciar en julio de 1959), José Miró Cardona (primer Primer Ministro), Felipe Pazos, Rufo López-Fresquet, Justo Carrillo, Enrique Oltuski —cuadros revolucionarios democráticos, no batistianos—. Y entre 1960 y 1966 estalló la Rebelión del Escambray, donde sectores del campesinado y antiguos combatientes revolucionarios se alzaron contra la colectivización agraria forzosa y la sovietización del país. Esta resistencia provenía de bases populares y revolucionarias —no de la «derecha»— que se sintieron traicionadas por el giro hacia el comunismo estatista.

Criminalizar la renuncia escrita de un comandante revolucionario es el síntoma indiscutible de que el terror de Estado fue una condición fundacional, no una «degeneración burocrática» tardía. La maquinaria represiva no estaba calibrada para combatir batistianos: estaba calibrada para castigar como alta traición la simple discrepancia ideológica pacífica. Eso lo sabía Matos en 1959. Lo sabía Boitel en 1972. Lo sabía Padilla en 1971. Lo sabe cualquier cubano honesto en 2026. Solo finge no saberlo el sociólogo García Hernández, escribiendo desde Buenos Aires con retratos de Fidel en la pared.

Tercera mentira: la prensa libre exterminada antes de cumplir dieciocho meses.

El sociólogo trata la censura como «proceso evolutivo» importado más tarde por la sovietización brezhneviana. Esto es históricamente falso. La aniquilación de la prensa republicana cubana fue una operación rápida, sistemática y deliberada ejecutada por la dirigencia revolucionaria entre enero de 1959 y septiembre de 1960 —dieciocho meses—.

En enero de 1959, Cuba poseía uno de los ecosistemas de medios más diversos y avanzados de América Latina: Diario de la Marina (más de un siglo de circulación), Prensa Libre, El Mundo, Avance, Información, El País, junto a revistas de penetración intelectual como Bohemia y Carteles. El espectro ideológico cubría desde el conservadurismo católico hasta el comunismo orgánico, pasando por nacionalismo, liberalismo y socialdemocracia.

La estrategia de demolición fue cínicamente innovadora. No hubo decretos de clausura inmediata. Hubo asfixia económica, difamación pública sistemática (acusando a la prensa libre de complicidad imperialista) y un mecanismo específico llamado «las coletillas»: a partir de enero de 1960, los sindicatos de artes gráficas —rápidamente intervenidos y cooptados por el Partido Socialista Popular comunista— exigieron añadir al final de cualquier artículo crítico una nota obligatoria que desautorizaba el contenido del propio diario, acusaba al autor de atentar contra la nación o la clase obrera, y subvertía la propiedad intelectual. Fue censura ejercida desde dentro de las redacciones por sindicatos cooptados por el Estado-partido.

La negativa a publicar coletillas desató la confiscación violenta. Avance, dirigido por Jorge Zayas, fue ocupado en enero de 1960. La fase culminante llegó el 11 de mayo de 1960: turbas de milicianos armados y agentes del G-2 vestidos de civil asaltaron las instalaciones del Diario de la Marina la noche anterior a la publicación de una carta firmada por más de 300 empleados respaldando la autonomía del periódico. La policía se negó a intervenir. El director José Ignacio Rivero se vio obligado a refugiarse en la embajada de Perú para salvar su vida. Al día siguiente, el régimen organizó mítines de repudio que culminaron con el «entierro simbólico» de los ejemplares del Diario en los predios de la Universidad de La Habana —una escena macabra de pedagogía totalitaria—.

Días después cayó Prensa Libre, dirigida por Sergio Carbó y Humberto Medrano, tras publicar un editorial profético: «lo que se enterró en la universidad no fue un periódico, sino la libertad de pensar y de decir lo que se piensa». Para septiembre de 1960, todas las frecuencias católicas e independientes de radio y televisión habían sido clausuradas por orden directa de Fidel Castro. Quince meses. La polifonía mediática republicana, extinguida.

El argumento del sociólogo de que la censura llegó tarde, importada de Brezhnev, es empíricamente refutado por el archivo: la censura fue fundacional, fisiológica, ejecutada en pleno fervor revolucionario por los líderes hoy mitificados. No es una patología tardía: es la fisiología desde el origen.

Cuarta mentira (la más dolorosa): el Maleconazo como «adhesión carismática».

Aquí el cinismo alcanza una densidad que ya no puedo procesar como simple equivocación académica. Aquí se cruza una línea moral.

Cuenta el sociólogo, como anécdota encantadora ofrecida en transmisión radial mientras se escuchan los bombos de la Plaza de Mayo, que el 5 de agosto de 1994 hubo «una pequeña explosión popular en La Habana Vieja» y que cuando Fidel se presentó en persona, «aquella gente que estaba gritando abajo Fidel empieza a gritar espontáneamente esta calle es de Fidel. Es algo que hasta se estudia en semiótica en Estados Unidos porque no había sucedido.»

Esto, lectores, es una mentira histórica de gravedad clínica. Lo es porque es comprobable. Lo es porque hay testigos. Lo es porque hay archivo fotográfico. Y lo es porque hace mártires de víctimas y patriotas de verdugos.

Yo soy cubano. Vi el Maleconazo. Y lo que vi —como lo vieron miles— no fue una conversión mística del pueblo al fidelismo en plena calle. Era apenas un adolescente, y recuerdo vívidamente como mi tía llegó pálida al ser testigo de tan horrenda represión, sin prensa libre, sin alma imparcial a la que acudir. Fue una protesta popular enfrentada por un aparato entrenado para convertir la represión en coreografía de adhesión. En mi memoria de aquel día —y en la memoria de muchos cubanos— quienes gritaban consignas oficialistas no eran simplemente vecinos espontáneamente convertidos en masa fidelista, sino agentes de civil, militantes movilizados, hombres con porte militar, botas y señales corporales de pertenencia al aparato represivo. Esa percepción testimonial encaja con un patrón ampliamente documentado por organizaciones de derechos humanos: el uso sistemático de brigadas y civiles organizados para intimidar, golpear y neutralizar la disidencia.

Conviene precisar lo que se ha documentado: las Brigadas de Respuesta Rápida ya estaban documentadas por Amnistía Internacional desde comienzos de los noventa —antes del Maleconazo— como grupos vinculados al Partido Comunista, compuestos por militantes voluntarios y orientados a enfrentar cualquier signo de «contrarrevolución». En el Maleconazo no nació ese mecanismo: se reveló su función. Para evidencias las de la movilización de jóvenes bajo el servicio militar obligatorio, forzados mediante amenaza de juicios militares a vestir de civiles y con palos ir contra su propio pueblo, sus propios familiares y amigos. Y esa es la respuesta más demoledora al sociólogo, porque destruye su narrativa por la raíz: si la adhesión a Fidel fuera espontánea, ¿por qué el régimen necesitaba —desde antes del Maleconazo y consolidado después con la Ley 88 de 1999 («Ley Mordaza»), que integró el ecosistema jurídico-represivo de criminalización del disenso— una arquitectura de cuerpos parapoliciales para fabricarla? La existencia previa de esa arquitectura es la refutación empírica de su narrativa. Es como argumentar que un paciente respira espontáneamente mientras está intubado en ventilación mecánica.

Y aquí me permito —como cubano, como médico, como ciudadano del mundo que ha jurado servir a la verdad— romper el tono académico: Convertir a los esbirros del Maleconazo en pueblo emocionado equivale a tomar el ruido del verdugo por la voz de la víctima. Es indecente. Es indigno de cualquier persona que se reclame intelectual.

Esa frase del sociólogo no es un error de matiz: es una falsificación activa que profana la memoria de los manifestantes reprimidos aquel 5 de agosto.

Y es particularmente repugnante cuando se yuxtapone a otro hecho del mismo Período Especial que el sociólogo —ay, qué casualidad— silencia: el hundimiento del remolcador «13 de Marzo». La madrugada del 13 de julio de 1994, apenas tres semanas antes del Maleconazo, 72 cubanos desesperados intentaron huir secuestrando un viejo remolcador en el puerto de La Habana. Tres remolcadores estatales modernos los interceptaron en alta mar y, en lugar de arrestarlos, los embistieron deliberadamente con la intención predeterminada de hundirlos. Las madres a bordo alzaban a sus bebés bajo los reflectores suplicando clemencia. La respuesta fue cañones de agua a alta presión barriendo a los náufragos. Se ahogaron entre 37 y 41 civiles, incluyendo 10 menores —entre ellos un bebé de seis meses—. La CIDH dictaminó ejecución extrajudicial masiva. Cero responsables procesados. Ese es el «fenómeno carismático» del verano del 94 que la sociología trotskizante prefiere no mirar.

Quinta operación: el caudillismo confundido con legitimidad.

El sociólogo afirma —y aquí ya no oculta su devoción— que «la gente lloraba cuando aparecía Fidel Castro. Era un fenómeno de masa Fidel Castro.» Llega a contar que tiene retratos de Fidel y del Che en su pared mientras explica la «degeneración burocrática» del régimen. Es, propiamente, el cuadro del santo en la pared mientras se redacta la crítica a la jerarquía eclesiástica: el nuevo trotskismo de salón con altar fidelista.

Aquí cometemos —los críticos serios— un error si nos limitamos a refutar fechas. El error del sociólogo es categorial. Confunde sistemáticamente fenómeno de masa con legitimidad democrática. Y esa confusión no es un error técnico: es la matriz de toda apología totalitaria desde 1789.

Desde la teoría arendtiana del totalitarismo, la masa no equivale al público democrático. La masa totalitaria aparece cuando se vacían las mediaciones de la sociedad civil —partidos plurales, prensa independiente, sindicatos autónomos, asociaciones voluntarias, espacios públicos genuinos— y los individuos atomizados quedan expuestos a una relación directa, ideologizada y emocionalmente capturada con el líder y el movimiento. No es democracia: es su negación bajo apariencia plebiscitaria.

La fórmula es invariante: Hitler tuvo masas; Stalin tuvo masas; Mao tuvo masas; Ceaușescu tuvo masas; Mussolini tuvo masas; Perón tuvo masas; Chávez tuvo masas; Castro tuvo masas. La pregunta seria no es «¿lo amaban?». La pregunta seria es «¿podían dejar de amarlo sin consecuencias profesionales, sociales, familiares y a veces vitales?»

Para que el «carisma» fidelista funcionara fueron necesarios:

  • Monopolio mediático absoluto desde mayo de 1960.
    • Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en cada cuadra, vigilando a cada vecino.
    • Ley de Peligrosidad Predelictiva —figura jurídica orwelliana que permite encarcelar por lo que el Estado imagina que harás—.
    • Actos de repudio organizados contra disidentes y sus familias.
    • Discriminación política sistemática en empleo, educación, vivienda y servicios.
    • Un aparato de inteligencia G-2 (Órganos de Seguridad del Estado) creado en 1959 con asesoría operativa directa de la KGB soviética y de la Stasi de Alemania Oriental, incluyendo importación de la técnica Zersetzung (destrucción de la personalidad). La sovietización del aparato represivo no fue una deriva tardía: fue una decisión fundacional del primer año.

En esas condiciones, hablar de «legitimidad subjetiva construida desde la épica» no es sociología: es describir las paredes de la prisión como tapices florales.

Como neurocientífico, añadiría algo: el fenómeno de masa no es legitimidad. Puede ser contagio emocional, obediencia inducida, conformidad normativa, identidad grupal bajo amenaza, aprendizaje social del miedo y captura motivacional sostenida. La neuropsicología de la adhesión colectiva no convierte el culto en consentimiento democrático. Solo explica cómo un aparato de poder puede colonizar emociones, recompensas, castigos y pertenencias hasta hacer indistinguibles —para el propio sujeto— el amor del miedo.

Sexta operación: la economía como coartada — el bloqueo, GAESA y la mentira estructural

El sociólogo invoca el «bloqueo imperialista yanqui» como variable explicativa absorbente del colapso económico cubano. «Es real, es desastroso», sentencia, atribuyéndole la imposibilidad de Cuba de insertarse en el sistema financiero internacional y de reproducir el modelo asiático.

Esta narrativa exige dos correcciones empíricas devastadoras.

Primera corrección: el «bloqueo absoluto» no existe. En el año 2000, el Congreso estadounidense aprobó la Trade Sanctions Reform and Export Enhancement Act (TSRA), que autorizó exportaciones agrícolas y alimentarias directas hacia Cuba con pago en efectivo por adelantado. Desde 2001 hasta 2024, EE.UU. ha exportado a Cuba más de 7.638 millones de dólares en alimentos y productos agrícolas: cientos de miles de toneladas de pollo (que representa habitualmente el 90% de las compras cubanas a EE.UU.), maíz, soya, fosfatos de calcio, carne de cerdo. Solo en febrero de 2024, las exportaciones agrícolas estadounidenses sumaron más de 27 millones de dólares mensuales. Cuba comercia activamente con Rusia, China, España, Brasil, México, Canadá, la Unión Europea. La narrativa del cerco hermético es propaganda oficial repetida por el sociólogo sin verificación.

Segunda corrección, todavía más devastadora: GAESA. El sociólogo omite cuidadosamente la pieza estructural que destruye su narrativa exculpatoria. El Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), fundado y expandido bajo Raúl Castro desde los años noventa, administrado hasta su muerte por el exyerno del propio Raúl —el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja—, es un emporio militar-empresarial opaco que funciona como un «Estado dentro del Estado», sustraído del control civil, sin contraloría pública, sin balances financieros transparentes.

GAESA controla al menos el 40% de la economía cubana (en sectores clave, mucho más): la totalidad de la industria turística e infraestructura hotelera de lujo (a través de Gaviota S.A.), las importaciones comerciales, el sector inmobiliario, los puertos —incluida la Zona Especial de Desarrollo Mariel—, la red de supermercados y tiendas en moneda fuerte (CIMEX, TRD Caribe), el Banco Financiero Internacional y la financiera FINCIMEX (sancionada por el Departamento del Tesoro de EE.UU. por canalizar capitales hacia el ejército castrista). Documentos filtrados estiman que GAESA acumula entre 14.500 y 18.000 millones de dólares en activos, mientras la red termoeléctrica colapsa en apagones, los hospitales carecen de insumos básicos y la producción agrícola se desploma —arroz cayó 58%, maíz 38%, exportaciones de azúcar colapsaron 90,5% hasta el mínimo histórico de 100.000 toneladas, según el USDA—.

¿Qué tenemos entonces? No socialismo en crisis por bloqueo. Tenemos un patrimonialismo extractivo militar de enclave: una oligarquía verde olivo que monopoliza la divisa fuerte para construir hoteles de lujo con tasas de ocupación dramáticamente bajas, mientras revende alimentos importados —muchos provenientes de EE.UU.— en sus tiendas TRD con márgenes confiscatorios de hasta 240%, expoliando las remesas que los exiliados envían a sus familias.

La frase del sociólogo —«hoy en Cuba hay comida, lo que no hay es dinero para comprarla»— no describe los efectos del bloqueo. Describe el peaje extractivo del oligopolio militar comunista sobre la población que dice gobernar. No es neoliberalismo. Es autoritarismo extractivo con mercado cautivo y barniz socialista.

Séptima operación: la sucesión dinástica disfrazada de continuidad.

El propio sociólogo —y aquí su narrativa se vuelve accidentalmente reveladora— describe con minucia cómo Raúl Castro maniobra a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo» —ex jefe de la Dirección General de Seguridad Personal, custodio pretoriano de su abuelo, hoy operador de restaurantes habaneros que «caminan por la cuerda floja de la legalidad»— como interlocutor con Marco Rubio y la administración Trump, fuera incluso de los canales oficiales de la Cancillería cubana. Describe cómo emerge mediáticamente el sobrino-nieto Óscar Pérez Oliva Fraga como vice-primer ministro y Ministro de Comercio Exterior. Describe a Díaz-Canel como un saco vacío sin legitimidad, puesto allí porque Raúl sabe que no le cuestionará nada.

Y, después de describir todo eso con precisión etnográfica, no extrae la conclusión obvia.

La conclusión obvia es esta: lo que tenemos en Cuba no es una revolución socialista degenerada por una burocracia. Es una monarquía oligárquica familiar con barniz marxista-leninista, más cercana estructuralmente a los Somoza, los Duvalier o los Kim que a cualquier categoría socialista coherente. Si los nietos y sobrinos-nietos negocian el destino del país con Estados Unidos, eso no es soberanía popular: es patrimonialismo dinástico.

El sociólogo ve el dato y lo neutraliza. Lo registra y lo blanquea. Es la marca exacta del análisis cautivo: ver con claridad y concluir con cobardía.

El blindaje trotskizante: la inmunización contra la refutación.

¿Cómo logra el sociólogo sostener simultáneamente (a) que el sistema reprime, miente, encarcela y se vuelve dinástico, y (b) que la Revolución original era buena, Fidel grande y el socialismo deseable? Mediante una sola categoría mágica: «degeneración burocrática».

Esa categoría —importada de Trotsky, que en 1921 ordenó él mismo la masacre de los marineros de Kronstadt cuando estos pedían «soviets sin bolcheviques», es decir, control obrero genuino— es la lavadora industrial del marxismo del siglo XXI. Todo entra sucio y sale limpio. Si hay hambre: no era socialismo, era burocracia. Si hay censura: no era socialismo, era estalinismo. Si hay dinastía: no era socialismo, era casta. Si hay éxodo masivo: no era socialismo, era bloqueo. Si China prospera: no es capitalismo. Si Cuba se hunde: no es socialismo.

Es, técnicamente, una tesis infalsable. En epistemología popperiana, eso es indistinguible de pseudociencia. Toda doctrina que jamás puede ser refutada por la realidad ha abandonado el terreno del pensamiento racional y entrado en el del dogma teológico. El sociólogo no está haciendo análisis histórico: está haciendo teología política con vocabulario académico.

Lo que el sociólogo silencia: Una «historia crítica» que omite sistemáticamente el archivo de las víctimas no es crítica: es selectiva. Veamos lo que falta —presumiblemente— en las páginas que aún no he leído pero que su autor ha caracterizado en su entrevista:

Los fusilamientos sumarios de La Cabaña bajo Ernesto Guevara desde enero de 1959, con cientos de ejecuciones sin debido proceso, en juicios sumarísimos que violaban sistemáticamente el debido proceso —documentados por Carlos Franqui, Armando Lago, Hubert Matos—. El propio Guevara admitió ante la ONU la política de fusilamientos como necesidad revolucionaria.

El éxodo de Camarioca (1965), el éxodo del Mariel (1980, 125.000 personas), la crisis de los balseros (1994), la estampida migratoria post-2021 —que en estimaciones independientes ha vaciado a Cuba de hasta el 18% de su población—.

El hundimiento del remolcador «13 de Marzo» (13 de julio de 1994): 37-41 civiles ahogados, 10 menores —incluyendo un bebé de seis meses—, dictamen de la CIDH como ejecución extrajudicial masiva, cero responsables procesados.

La Primavera Negra de 2003: 75 disidentes condenados a hasta 28 años por organizar el Proyecto Varela —iniciativa estrictamente legal y constitucional liderada por Oswaldo Payá que recolectó miles de firmas pidiendo referéndum democrático—.

El asesinato de Oswaldo Payá y Harold Cepero en 2012, en circunstancias documentadas como acción deliberada del aparato.

La muerte por huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo (2010).

Las Damas de Blanco y los actos de repudio.

El abuso psiquiátrico contra disidentes —tema que como neurólogo no puedo dejar pasar—: la utilización del Hospital Psiquiátrico de La Habana («Mazorra») —específicamente las salas Carbó Serviá y Castellanos, controladas directamente por el Ministerio del Interior— como instrumento de represión política, documentada por organizaciones internacionales de derechos humanos. Terapia electroconvulsiva sin anestesia ni relajantes musculares aplicada sobre pisos de cemento mojados; inyección forzada de psicofármacos para inducir estados catatónicos. Casos documentados: el enfermero Eriberto Mederos (posteriormente condenado en tribunales estadounidenses por torturar disidentes), Daniel Llorente, Omar Ruíz Matoses. En enero de 2010, al menos 26 pacientes psiquiátricos murieron de hipotermia en Mazorra por desnutrición crónica, falta de cristales en las ventanas y desvío administrativo de alimentos.

La explotación de profesionales de la salud cubanos en misiones internacionalistas —calificada por relatores especiales de Naciones Unidas y la CIDH como modalidad de trabajo forzado moderno y trata de personas patrocinada por Estado. El Estado retiene entre el 75% y el 90% del salario; confisca pasaportes en el país de destino; vigila y restringe la libre circulación. El Artículo 176 del actual Código Penal cubano (antes 135.1) tipifica el abandono del cargo en misión exterior con penas de 3 a 8 años de cárcel, y los «desertores» sufren además prohibición de retorno a Cuba durante un mínimo de ocho años, condenados a la separación forzosa de cónyuges, hijos y familiares. Eso, profesor, lo viví y lo vieron mis colegas en carne propia.

Los más de 1.100 presos políticos actuales documentados por Prisoners Defenders al cierre de 2025, el 65% de los cuales son manifestantes del 11J. Entre ellos, decenas de adolescentes que tenían entre 15 y 17 años al momento de las protestas, juzgados penalmente como adultos por «sedición» con penas de hasta 30 años. Las pruebas en sus juicios consistieron, escandalosamente, en «huellas de olor» identificadas por agentes del orden.

El propio Díaz-Canel pronunció en televisión nacional la «orden de combate»: «La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios». Eso no es falta de carisma. Es la fisiología del régimen.

Frente a todo eso, los manifestantes cubanos del 11J resignificaron semánticamente la consigna castrista: contra el necrofílico «Patria o Muerte» opusieron «Patria y Vida». Esa es la transformación cultural que el sociólogo no menciona, porque mencionarla destruiría su marco entero.

Una «historia crítica» que no menciona sustantivamente este archivo no es historia ni es crítica. Es otra cosa, con vocabulario académico, que cumple la función de borrar lo que no puede negar.

Pensamiento Critico : vocero de facto o deshonestidad intelectual grave.

Llegamos al punto que el lector ha estado esperando.

No puedo afirmar, sin prueba directa de coordinación, que García Hernández sea vocero orgánico del castrismo. Eso requeriría evidencia documental de subordinación, instrucciones, pago o dependencia institucional. Pero sí puede afirmarse algo intelectualmente más preciso y políticamente suficiente:

En esta entrevista, García Hernández opera como vocero de facto del marco legitimador del castrismo, aunque use ropaje crítico, trotskizante o académico. La operación textual —concesión periférica, salvación del núcleo, blindaje trotskizante, falsificación del Maleconazo, mitografía de Fidel, neutralización de la dinastía, omisión sistemática del archivo de víctimas— es funcional al régimen. Aporta a Cuba un servicio invaluable: la legitimación intelectual moderna ante la izquierda internacional, ahora que la apologética granmista de los setenta ya no sirve. El régimen necesita exactamente este tipo de «crítica desde dentro» que critica todo menos lo único que importa: el origen, el mito, el modelo.

Y la alternativa no lo favorece: si no actúa como vocero de facto, entonces incurre en una deshonestidad intelectual grave frente a la evidencia histórica disponible. Conoce los hechos —difícilmente puede ignorarlos— pero los ordena selectivamente para preservar un compromiso ideológico previo. Esto es lo que en epistemología se llama razonamiento motivado, y en ética intelectual se llama mala fe sartreana: el acto de mentirse a uno mismo sobre los hechos para conservar el marco moral en el que uno necesita seguir habitando.

Las dos hipótesis no son mutuamente excluyentes. De hecho, en la mayoría de los casos académicos de este tipo, coexisten. Uno es vocero porque es deshonesto, y es deshonesto porque ser vocero le otorga una identidad ideológica que no está dispuesto a perder.

No descarto una tercera hipótesis menor —confusión genuina, sincero error— pero el patrón sistemático de las falsificaciones, la precisión con que evita los datos incómodos, y la elegancia con que diseña el dispositivo apologético, me obligan a descartarla. Quien sabe tanto sobre la cocina interna del castrismo —puede nombrar al nieto de Raúl, al sobrino-nieto, al ministro caído— no puede ignorar simultáneamente las UMAP con sus 180 suicidios, a Boitel con sus 53 días de huelga, a Matos con sus 20 años de cárcel, al Remolcador «13 de Marzo» con sus 41 muertos, a GAESA con sus 18.000 millones, a Mazorra con sus 26 hipotermias, a las brigadas de respuesta rápida y la verdad documentada del Maleconazo. Esa asimetría informativa no es ignorancia: es selección.

La línea que no se suaviza: Frank García Hernández no queda refutado solo porque sea marxista ni porque admire a Fidel. Queda refutado porque su defensa pública reorganiza hechos históricos conocidos para preservar el mito fundacional del castrismo. Llama debate a la discusión vigilada, llama carisma a la adhesión fabricada bajo monopolio, llama degeneración a la consecuencia natural del diseño totalitario, llama bloqueo a la rapiña militar de la propia oligarquía gobernante, y llama continuidad a una sucesión impuesta por un aparato familiar-militar-partidista. Eso no es historia crítica. Es blanqueamiento ideológico con credenciales académicas.

Coda

No he leído el libro. Pero quien lo defiende públicamente con estos argumentos no está vendiendo análisis: está vendiendo absolución. Absolución para el tirano Fidel Castro. Absolución para el Che, asesino de la Cabaña. Absolución para el origen revolucionario. Absolución para una idea que en la realidad se ha construido sobre los huesos de mis compatriotas durante sesenta y siete años.

Y aquí me permito cerrar parafraseando el mandato moral de Solzhenitsyn en Vivir sin mentira (1974): la primera resistencia contra el totalitarismo no siempre consiste en vencerlo, sino en negarse a participar en la mentira que lo sostiene. Cada vez que alguien presta su pluma para reordenar los hechos en función del mito, está participando en esa mentira —aunque firme desde Buenos Aires, aunque cite a Trotsky, aunque se llame a sí mismo crítico—.

El profesor García Hernández ha elegido vivir bajo la mentira. Lo hace con elegancia trotskizante, con prosa académica, con citas de Rosa Luxemburgo y entrevistas en La Diaria. Pero es la misma mentira de siempre, vestida con los retratos de Fidel y del Che colgados en una pared porteña, mientras los cubanos —los que están en la Isla y los que estamos fuera— seguimos contando los muertos.

A esa mentira el Colimador ideológico responde con lo único que tiene sentido oponer: la enumeración paciente, documentada e implacable de los hechos. Porque la verdad no es propiedad de ningún paradigma. Es lo que sobrevive cuando se desmontan los dispositivos diseñados para secuestrarla.

Cuba no necesita otra historia escrita desde el retrato de Fidel en la pared como el de Gran Hermano. Necesita una historia escrita desde las paredes de las cárceles, desde las balsas hundidas, desde las madres vestidas de blanco, desde los poetas obligados a confesarse, desde los homosexuales y creyentes enviados a campos de trabajo en Camagüey, desde los pacientes de Mazorra electrocutados sin anestesia, desde los médicos convertidos en mercancía estatal con prohibición de regresar a su patria, desde los jóvenes del 11J condenados por «huellas de olor», desde Huber Matos en su celda, desde Pedro Luis Boitel en sus cincuenta y tres días de huelga, desde Oswaldo Payá emboscado en una carretera, desde los apagones, desde el hambre, desde el exilio, desde la vergüenza —y, sobre todo, desde la verdad—.

Y nosotros, los cubanos del exilio interior y exterior, no hemos olvidado.

#ProhibidoOlvidar. #SOSCuba

Contrarrevolucionariamente, Dr. José Alberto


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Nidos Vaciados

Hemos llegado a lo más sombrío de mi conciencia, donde la luz de la verdad apenas se atreve a filtrarse, aquí me encuentro yo, Deméter, descomposición de una generación enquistada en la era destinada a ser olvidada, madre de la desdicha y esposa del despotismo. Aturdida por el bullicioso silencio de mi moral, y con apenas fuerzas para confesar mi tormento, ni aliento para revelar la vergüenza desde las profundidades de un alma por la muchedumbre fracturada.

No ha de serles difícil comprender este paradójico viaje por el laberinto interno de una maltratada mente anciana. Entre los callejones oscuros de la desesperación, mi voz interior se alza como un susurro ahogado por el peso de la infelicidad. No sé si les he dicho, pero soy Deméter, la personificación de una sociedad atrapada en las garras del absurdo y la opresión, y en el silencio de mi verdad lleva décadas desplegándose un diálogo interno marcado por la asfixia de la angustia y la daga del remordimiento.

En las penumbras de mi alma, entre tinieblas de culpabilidad y arrepentimiento, se alza el siniestro eco de un pasado lóbrego donde la luz se desvaneció hacia el vacío, ese que habita en la gélida alma de los nidos rotos, a seis décadas de haber albergado la promesa de vida, prosperidad y felicidad. Yo, solo soy yo, Deméter, madre desgarrada por la vorágine del poder y la traición, una desdicha tejida con los hilos retorcidos de la ideología y la ambición desmedida.

Parecía haber llegado al crepúsculo de su existencia, sin levantarse del suelo, se mantenía rumiando a desaliento y bajo el peso de la oscuridad de una habitación no electrificada, donde los objetos parecen cobrar vida propia y sus sombras juegan a ser más que meras ausencias de luz, Deméter, inicialmente inmóvil intenta contemplar el inamovible tablero de ajedrez de su pasado.   

Entre las piezas, para ella, su Perséfone que ha sido forzosamente involucrada en un juego de poder que trasciende las simples reglas entre reyes y peones. Cada decisión tomada es un sendero en el vasto laberinto de posibilidades que se ramifican, y cada dimensión del espacio-tiempo tomada o no, es una probabilidad que desencadena al abanico de Shannon o más allá llegando al aproximado de Allis.

Para entonces agonizaba sufriendo el vacío existencial y su estridente mutismo cegador, mientras las paredes susurran verdades que mi corazón se había negado a aceptar por años. ¿Cómo he llegado a este abismo? ¿Acaso me dejé envolver en la nebulosa falsedad de la hemiplejía moral del implantado inconsciente colectivo? Y en sus putrefactas entrañas la figura de Hades, mi esposo, se distorsiona entre la arrogancia del poder y la soberbia tiránica. Mientras como cuervos devora ojos, las zozobras del pasado se ciernen sobre mí como un manto de pesadillas.

¿Ya no recuerdas acaso aquellos días en que jugábamos a ser libres? Los días en que Maestro era más que un maltrecho nombre, más que un legado; era la promesa de un juego sin fin, un juego donde cada movimiento era un acto de fe.

Por harto sabido tienes que aquel juego nació torcido, sus reglas como camaleones transmutaban, y el legado del Profeta se convirtió en un espejismo, una palabra vacía que Hades repetía entre desalmada sonrisa. ¿Acaso crees tú que la traición la más pura forma de fidelidad? ¿No es la tergiversación del legado del apóstol la más inhumana de nuestras ironías?

¿Insinúas que he sido además de testigo partícipe de esa gran traición? Irrespetas este apabullante dolor que se resiste a creer que he permitido que el nombre de Apóstol fuera invocado en vano, que su sueño de libertad fuera transfigurado en un laberinto sin salida, en una serie de espejos que reflejan infinitamente la misma distorsión, un mismo constructo distópico.

¿Acaso no fue tu suelo, Deméter, el que nutrió las raíces de la kakistocracia? ¿No fueron tus manos las que acunaron a Hades en su ascenso? ¿No sientes, Deméter, cómo has traicionado al apóstol de la dignidad? Su sueño de libertad convertido en una pesadilla de opresión al que discrepa bajo tu cielo.

Déjame en paz, solo quiero verla antes de morir. Mis pensamientos vagan como espectros de la otredad, reviviendo el destierro forzoso de toda alteridad. He traicionado mis propios principios, he sacrificado la libertad en el altar del colectivismo tribal, y ahora me enfrento al abismo de la culpa y el arrepentimiento.

He sido madre y parca, cuna y tumba de sueños. Hades, se embriagó de poder, y yo, en mi complacencia, me convertí en su trono. Fui yo quien vio crecer la sombra de la revolución, que prometía cosechas de igualdad, pero solo sembró tempestades de miedo represión y silencio. Oh hijita mía, ahora te llaman disidente, buscabas la luz de la verdad, pero fuiste desterrada en la incertidumbre de la noche ajena, por la interminable letanía del emigrado.

¿No recuerdas lo que eres tú, Deméter? La tierra que se partió permitiendo que la semilla del totalitarismo echara raíces profundas. ¿No ves, Deméter, que nuestra supina ignorancia ha sido la perfidia más grande?

Los ecos de su risa se han perdido, y con ellos, la luz de mis días. Perséfone, hija de una era desgarrada, desterrados por la mano que una vez prometió protegerlos. Pequeña mía, símbolo de la libertad y la esperanza, has sido arrancada de mis brazos por el caudillo cuyo corazón de hielo no conoce límites en su sed de poder. ¿Acaso fui yo, cómplice de su dolor?

¿A caso fue Hades el que tiro pedradas a religiosos, el que delató a vecinos sin siquiera certezas de nada, el que lanzó los huevos al familiar del exiliado, el que escupió la dignidad del desterrado?

Los verdugos… éramos nosotros, Deméter. Tú y yo, cómplices en el silencio, arquitectos de nuestro propio infierno.

El odio arrogantemente soberbio, como un virus se propagó desde el trono de Hades hasta el último rincón de nuestro hogar. En mi desesperación, busqué culpables donde no los había, escondiendo mi propia complicidad en esta tragedia. Me dejé seducir por el fervor revolucionario y su dogmática ideología, permitiendo que el miedo y la desconfianza gobernaran mi razón. Sacrifiqué a mis propios hijos en el altar de la revolución, convirtiéndome en sumiso pedestal.

Y aún así, ¿no fue tu mano la que cerró la puerta? ¿No fue tu voz la que se ahogó en el miedo cuando debiste hablar?

¿Pero no lo ves? ¡Yo también fui víctima! Poseída por Medea, arrastrada por una secta y sus mafiosos proselitistas que prometían igualdad y solo sembraron oprobios. Mi hija… mi pequeña Perséfone, sentenciada en nombre de una falsa devoción. Desde la complicidad de mi silencio, permití que devoraran la inocencia de mi pequeña sabichosa.

¿No ves que apenas sobrevivo? Que en el aterrador languidecer del hogar roto veo la verdad que el tiempo ha desvelado. Los verdugos no eran figuras externas, sino sombras proyectadas por el propio Hades en su delirio de grandeza.

Y ahora, Deméter, no crees que es tiempo de que las piezas se muevan por sí solas, que el tablero se expanda más allá de las fronteras de esta isla. Que la justicia no sea un jaque mate, sino un paso hacia la concordia.

He vivido más de once millones de vidas y en cada una, he visto la sombra de Hades, proyectarse sobre los muros de esta isla, que es un tablero de ajedrez donde los peones avanzan a ser sacrificados en nombre de una falacia disfrazada de estrategia mayor que jamás se alcanza a comprender.

He aquí mi confesión, mi historia contada a través de los ojos de los que se fueron, de los no se atrevieron, de aquellos que aún luchan. He sido parte de la traición, sí, pero también soy el escenario donde se desarrolla una nueva obra, donde el dolor y el arrepentimiento se entrelazan en un abrazo que busca sanar. No tener perdón es aliciente para mi viacrucis hacia la concordia.

Bajo el cielo de mi patria, una vez brilló la estrella de Martí, guía de libertad y esperanza. Un latido que no puedo silenciar, que me recuerda cada instante el precio de las mentiras, los abusos de poder y el abandono. He destrozado a mis hijos, no con mis manos, sino con mi conformidad, y esa pasividad del que mira a hacia el otro lado, del que lava sus manos así, sin más.

Algo pasa, mi derruido corazón late al ritmo de un tambor distante, un eco de libertad que se desvanece en el horizonte sucumbiendo en el agujero negro de mi trastocado ser. Y ahora, este nido vaciado es el eco de mi fracaso. La Némesis ha llegado no como venganza divina, sino como el reflejo de mis propias acciones.

Entonces, que mi voz sea un manuscrito encontrado en una botella en el mar del tiempo. Que los nidos vaciados sean la página en blanco donde se escriba una nueva historia, donde la traición a Martí sea el punto de partida para una narrativa de redención.

Que la justicia no sea la espada de la venganza, sino una balanza que mida el dolor y el amor con igual precisión. Que la concordia sea el idioma universal en el que se narren las historias futuras, y que la verdad sea la única moneda de cambio en el mercado de los días venideros. hacia un futuro donde la palabra libertad se pronuncie con la certeza de quien ha visto el amanecer después de la más larga de las noches.

– ¿Aló? ¿Quién es? – Abdala Perséfone tiene una llamada a cobrar de su padre.

-Abdala, hija mía… -papá? ¿Tú llamado? ¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a mamá?

– la ingresaron delirando por desnutrición no relacionada con enfermedad.

– Hambre papá, eso es hambre… ya no te queda a quien más asesinar.

Médico cubano pobre, a suizo millonario y ONGs progres: ¡Viva La Libertad Carajo!

Hola a todos los críticos del discurso de Javier Milei en el Foro Económico Mundial (FEM) de Davos. He venido del futuro que teóricamente ustedes tanto anhelan, se llama Cuba, y antes de que me explique, les pido aborten misión de inmediato y ¡Viva La Libertad Carajo!

Sinceramente les digo que he visto y sufrido en carne propia las consecuencias de un sistema que se basa en el odio a los ricos, en la confiscación de la propiedad privada, en el control absoluto de la economía y en la represión de toda disidencia.

Pretendo compartir mi modesto testimonio en apoyo al presidente del Argentina Javier Mieli intentado desmontar las falacias que en especial promueve el señor IncongTAXnito, un millonario suizo que se esconde tras un seudónimo (Johann Hug) y los anticapitalistas de Oxfam Intermón (@OxfamIntermon), Franc Cortada (@CortadaFranc), quienes parecieran querer imponer su visión estatista al resto del mundo, vendiéndola como con superioridad moral, más justa, humana y social.

El señor IncongTAXnito dice que los ricos deben pagar más impuestos para financiar el bienestar social, la educación, la salud, la cultura y el medio ambiente. Lo que ellos llaman la redistribución de las riquezas. Pero en realidad esto no es más que quitarle a los que producen para darle a los que no lo hacen, porque no saben, no pueden, e incluso a los que no quieren.

Estas ideas solo generan ambientes de tensión, con discursos discriminatorios a los más ricos, creando arquetipos en el inconsciente social. De estas ideas salen los resentimientos infundados de que los ricos son egoístas, codiciosos y explotadores, y que solo piensan en acumular más dinero a costa de los pobres.

Todo mientras el altar colectivista se llena de glorias ajenas y ostenta con arrogancia y soberbia, una supuesta superioridad moral por el simple proselitismo de consignas propagandísticas falaces, demagógicas y retoricas del totalitarismo enmascarado en seguridad social.

Yo les pregunto IncongTAXnito:

  • ¿Han sufrido ustedes la realidad de los países donde se ha aplicado el modelo que usted defiende?
  • ¿Han sufrido ustedes la realidad de Cuba, donde el Estado se ha apropiado de todo el patrimonio nacional y lo ha malgastado en proyectos fracasados, en guerras extranjeras, en propaganda ideológica y en mantener una élite política privilegiada?
  • ¿Cuánto han sufrido ustedes por la miseria, el hambre, la escasez, la corrupción, la violación de los derechos humanos, la censura, la falta de libertad y de oportunidades que padecemos los cubanos bajo el socialismo (colectivismo, estatismo, comunismo…)?

Pues les comento que la aversión hacia las personas adineradas puede terminar afectando a quienes emprenden, a la competitividad y al sueño de prosperar con nuestro propio esfuerzo. En Cuba, esta aversión llevó a la nacionalización de las grandes empresas y a la desaparición de pequeñas y medianas negocios desde los primeros años del castrismo.

«A diferencia del odio primario, la envidia se transforma en odio deseando el infortunio o hundimiento de los ricos. Una variable de la envidia a los ricos: el descubrimiento -real o supuesto- de que su riqueza es una ficción, o resultado de alguna estafa o corrupción. No hay engaño sin autoengaño. Y ese odio y esa envidia devienen en un impulso agresivo que daña a toda la sociedad»

Hoy sabemos que en realidad en Cuba no terminamos con las personas adineradas, ni con la desigualdad como la maquinaria propagandística castrista y sus ecos afirman, sino con la libertad de cada uno para prosperar y hacerse rico. Porque ahora los ricos pertenecen a la casta política, la oligarquía castrista, y la castrokracia (degeneración maquiavélica de kakistocracia) que nos oprime.  

Ese odio fue importado, implantado y explotado por el tirano Fidel Castro, animadversión que le permitió generar y mantener una creciente polarización del pueblo cubano dando paso a los conflictos ideológicos. Ayudó a fomentar el pensamiento dicotómico simplista y falaz, cuya forma de interpretar al mundo se reduce a dos únicas posibilidades extremas, el “nosotros vs ellos”, “socialista vs capitalista”, “revolucionarios vs contrarrevolucionarios”. Típico de los totalitarismos, desde el primero con Lenin hasta los actuales enmascarados como democracias.

«Nuestros enemigos no son más que gusanos, fáciles de aplastar. Lo comprobé en Múnich» Führer (Hitler) Arengando a sus generales antes de la campaña polaca.

«Para aplastar a los gusanos basta la masa en la calle» ─Fidel Castro

Ese espejismo de unidad por el mismo odio, envidia, fomentó una especie de incentivo institucional al falso nacionalismo, ese chovinismo limitado al constructo distópico mal llamado “Revolución Cubana” (puro castrismo maquiavélico) cuyo eslogan marcó la línea roja al pensamiento crítico, la libertad de prensa y de expresión:

Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Frase acuñada por el propio dictador Fidel Castro evidencia de que como plagiador andante solo fue original en hundir a nuestra patria en la miseria, el odio al que prospera y disiente, mostrando los claros rasgos fascistas del tirano.

«Nosotros confirmamos solemnemente nuestra doctrina respecto al Estado; confirmo no menos enérgicamente mi fórmula del discurso en la Scala de Milán: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado» ─Benito Mussolini (Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927)

Todo este estatismo, colectivismo, socialismo, comunismo o como deseen llamarlo, nos ha llevado directamente a donde estamos hoy y donde nos hemos mantenido durante más de seis décadas ya: la más paupérrima de las pobrezas y la más limitada de las libertades.

«Mientras en Cuba la pobreza aumenta a diario en el mundo disminuye aceleradamente. El gobierno cubano afirma que es al revés, con lo enmascara otra verdad desconocida en la isla: Cuba es el único país del planeta que es hoy más pobre que a mediados del siglo XX. Ni Haití en América, ni Corea del Norte en Asia, ni Etiopía o Niger, los dos países más pobres de África, son hoy más pobres que hace 61 años, según estadísticas de la ONU»

Observatorio Cubano de Conflictos

Lo que es evidentemente innegables es la abrumadora evidencia de como el capitalismo de libre mercado bajo democracia política han mejorado las condiciones y la calidad de vida de toda la humanidad en apenas doscientos años.

«Aun así, en términos de bienestar humano, estos han sido los mejores 20 años en la historia de la humanidad. La pobreza extrema se ha reducido en un 70 por ciento. Esto significa que obtuvimos 138.000 argumentos más a favor del capitalismo global cada día desde que escribí mi primera defensa de este. Esa es la cantidad de personas que han salido de la pobreza cada día durante estas dos décadas: 138.000 hombres, mujeres y niños. Todos los días. A pesar de todos estos shocks y obstáculos y a pesar de su retroceso durante la pandemia. Ese es un progreso por el cual vale la pena luchar»

Incluso para los que le buscan y rebuscan cada resquicio de los datos, y con artificios, o falacias de tipo  cherry picking (de espigueo o evidencia incompleta) intentan invalidarlos retóricamente les resulta prácticamente imposible y terminan generando una verborrea nauseabunda y falaz, como el caso de Oxfam.

«El fin de la pobreza: Hace sólo 200 años, más del 80% de la población mundial vivía en la pobreza extrema. Hoy está por debajo del 9%»

Los empresarios, emprendedores, son unos verdaderos benefactores sociales, quienes sin importar sus motivaciones terminan creando las riquezas que en última instancia disfrutaremos todos, tarde o temprano. Me resulta imprescindible recordarles “La riqueza de las naciones” a Adam Smith, quien argumentaba que los individuos, al buscar su propio interés, a menudo benefician a la sociedad más efectivamente que cuando intentan beneficiarla intencionalmente.

«No hemos de esperar que nuestra comida provenga de la benevolencia del carnicero, ni del cervecero, ni del panadero, sino de su propio interés. No apelamos a su humanitarismo sino a su amor propio … en este caso, como en tantos otros, es guiado por una mano invisible para la consecución de un fin que no entraba en sus intenciones (…) Jamás he sabido que hagan mucho bien aquellos que simulan el propósito de comerciar por el bien común»

─Adam Smith (“The Wealth of Nations” March 9, 1776)

La verdad mostrada en la realidad es innegable y se evidencia en el «Gran Enriquecimiento» (The Great Enrichment) fenómeno histórico que comenzó en el siglo XVIII, y se caracterizó por un aumento sin precedentes en la riqueza y el nivel de vida.

Este fenómeno fue impulsado nada más y nada menos que por la “Dignidad Burguesa”, una serie de cambios sociales y económicos que tuvieron lugar en países como Holanda, Inglaterra, Escocia y las colonias inglesas de América del Norte.

«Un cambio en la forma en que la gente honraba los mercados y la innovación causó la Revolución Industrial, y luego el mundo moderno»

Deirdre Nansen McCloskey

La «Dignidad Burguesa» hace referencia a un cambio en la percepción social hacia los comerciantes, fabricantes e inventores, es decir, la burguesía que tanto aborrecía Marx y Engels a pesar de disfrutar de ella. Antes de este cambio, estas actividades eran a menudo vistas con desdén o sospecha. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, la sociedad comenzó a valorar más estas actividades y a reconocer la dignidad de las personas que se dedicaban a ellas.

Este cambio en la percepción social permitió a un mayor número de personas poner a prueba sus ideas y buscar mejoras, lo que resultó en una explosión de innovación y crecimiento económico. En otras palabras, la Dignidad Burguesa creó las condiciones sociales y culturales necesarias para el Gran Enriquecimiento.

«El Gran Enriquecimiento: El mundo es ahora más rico que nunca. En 200 años, la economía ha crecido más de cien veces»

En fin, que si lo que realmente buscan es justicia, y los mueve la empatía y la compasión, les sugiero, que lejos de utilizar la coacción violenta del Estado, apelen a las virtudes burguesas, a la misericordia y la bondad humana de toda la vida.

En otras palabras, sería más ético y menos envidioso si, dando el ejemplo, donas el porcentaje que desees y le dices a tus colegas: ‘Miren, he creado una asociación para que las personas adineradas donemos un porcentaje de nuestras ganancias cada año’. Créanme, será más efectivo, como lo demuestra la experiencia, la sociología, la psicología social y hasta la propia historia de la humanidad.

Pero… ¿donar su patrimonio a quienes?

¿Al Estado?

¿A esa maquinaria burocrática que ostenta el monopolio de la violencia física, que como monstruo voraz consume todo sin producir nada fuera de más y más burocracia, dependientes, esclavos asalariados, instituciones maniatadas, ministerios de la cancelación y lo políticamente correcto, sistemas aplanadores que solo saben y pueden nivelar hacia abajo?

Estas son algunas de las preguntas que muchos ciudadanos nos hacemos ante la propuesta de aumentar la presión fiscal sobre las rentas más altas. Una propuesta que, lejos de ser justa y solidaria, muchas veces, sino las más, esconde una agenda ideológica que busca debilitar la iniciativa privada, el emprendimiento y la libertad económica.

Dado que el Estado (un grupo de burócratas en puestos públicos) es un parásito que vive a costa de los ciudadanos productivos, que son los que crean riqueza y empleo. El Estado, además, es un agente de coerción y control social, que impone su visión ideológica a través de leyes y regulaciones arbitrarias, que limitan la expresión y la acción de las personas.

A pesar de que existe evidencia de que en realidad más impuestos a los ricos son inmorales, ineficaces, injustos y contraproducentes, ya que desincentivan la inversión, la innovación y el crecimiento económico. Y por qué la solución no es quitarles más dinero a los que más tienen, sino reducir el gasto público, eliminar las barreras burocráticas y fomentar la competencia y la innovación.

Pues qué quiere que le diga, ya de eso la historia conoce sus oscuros abismos. Aun así, parece que seguimos en las mismas, condenados a repetir la barbarie estatista colectivista (marxista-leninista-fascista-nazista).

«Se va hacia nuevas formas de civilización, tanto en política como en economía. El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu el pueblo. En la Doctrina Fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo» ─Benito Mussolini (18 de marzo de 1934).

«El pueblo es la meta principal.  En el pueblo hay que pensar primero que en nosotros mismos.  Y esa es la única actitud que puede definirse como una actitud verdaderamente revolucionaria» ─Fidel Castro Ruz (30de junio de 1961, Biblioteca Nacional de Cuba)

Lo que nos pasó es, aunque ignorado por la mayoría, fácil de comprender. Para los años cincuenta Cuba era un país en pleno desarrollo con avances tan notables que aventajaba incluso a algunos de los países desarrollados de hoy en día. Pero la dictadura “revolucionaria” castrista sustituyó la sabiduría colectiva generada por los ciudadanos por unos pocos burócratas, conformándose con el tiempo una verdadera castrokracia (degeneración maquiavélica de la kakistocracia) que dispuso de todo el capital colectivo sin responsabilidad alguna dado que su capital no estaba en juego.

Así fuimos obligados a sustituir el equilibrio del libre mercado por un sistema centralizado de control gubernamental absoluto que concentró aun más el poder de decisión de la castrokracia, que utilizó y utiliza cualquier chivo expiatorio para ocultar la ingente dilapidación de la totalidad del presupuesto de la nación, por más de seis décadas sin repercusiones de ninguna índole, más que el empobrecimiento del pueblo cubano.

Desde los mismos inicios del régimen castrista la demagogia populista respecto al empleo fue intensa, falaz, y lógicamente fallida en cuanto al cumplimiento de las promesas una y otra vez repetidas ya por décadas.

«El desempleo, a pesar de que el censo de 1953 se llevó a cabo en pleno período de zafra azucarera, una etapa de máxima demanda de fuerza de trabajo, arrojó un 8,4 por ciento de la población económicamente activa. El censo del 2002, realizado en septiembre, revela que éste asciende hoy en Cuba a sólo el 3,1 por ciento, a pesar de que la fuerza laboral activa, que en 1953 ascendía solamente a 2 millones 59 mil 659 personas, se elevaba el pasado año a 4 millones 427 mil 28. Lo más contundente es que el próximo año, al reducirse el desempleo por debajo del 3 por ciento, Cuba pasará a la categoría de país con pleno empleo, algo que en medio de la situación económica mundial no es concebible en ningún otro de América Latina o de los llamados países económicamente desarrollados» Fidel Castro

«Venezuela puede convertirse en un modelo de desarrollo socialista a partir de los recursos que las transnacionales extraían de su rica naturaleza y del sudor de sus trabajadores manuales e intelectuales. Ningún poder extranjero determinará su futuro. El pueblo es dueño de su destino y marcha en pro de los más altos niveles de educación, cultura, salud y pleno empleo» Fidel Castro

 Hoy los venezolanos viven en una gran desesperanza que el Banco Mundial llamo en el 2019 “la peor crisis en la historia moderna” de la región, y lo que reflejan los índices económicos se traduce en un índice de pobreza que sobrepasa al 90% de la población, en la que la hambruna y los cortes de corriente eléctrica son prácticamente parte de la vida cotidiana, como lleva más de seis décadas ocurriendo en Cuba.

«La planificación colectiva implica socavar la naturaleza moral de los seres humanos individuales» —Tibor Machan

La falacia del pleno empleo que como logro promulgaba la inescrupulosa maquinaria propagandística castrista y sus ecos, se intentó mantener a costa de que el único empleador había sido el estado por décadas, lo que le permitía inflar platillas con puestos de trabajo improductivos cuya única función era la de evitar el desempleo.

«La tasa de desempleo abierto, que era de un 12% de la fuerza laboral en 1958, se elevó a un máximo del 20% a principios de 1960 y luego declinó constantemente hasta que en 1970 casi desapareció (1,3%). Explican este resultado la extracción del mercado laboral de los jóvenes incorporados a la educación obligatoria y de los viejos, jubilados por la extensión de la seguridad social; la eliminación del desempleo estacional agrícola (especialmente en el sector azucarero) mediante el empleo —sobreempleo— anual garantizado en las granjas estatales y la migración del campo a la ciudad; la expansión enorme del empleo en los servicios sociales, las fuerzas armadas y la burocracia administrativa; el sobreempleo en la industria y los subsidios a los trabajadores excedentes, que evitaron el desempleo en las ciudades; y la emigración de más del 10% de la fuerza laboral. Pero esta política exitosa desde un punto de vista social pagó un alto costo económico: una buena parte del desempleo abierto se transformó en varias formas de subempleo provocando caídas severas en la productividad laboral»

Esto solo podría ser logrado por un lado despilfarrando el presupuesto nacional, que en su totalidad estaba en manos del propio estado. Y por otro lado con salarios irrisorios puesto que en su mayoría los puestos de trabajos son y evidentemente solo pueden ser del tipo no productivos.

Mientras la castrokracia culpaba al Embargo (mal llamado Bloqueo), y aterrorizaba al pueblo cubano con la burda mentira de una intervención estadounidense (después de la crisis de los misiles EEUU llegó al acuerdo de no intervenir en Cuba), utiliza todo el capital parasitado al bloque socialista, en la exportación de la revolución, y en más de treinta años de sostén de guerras extraterritoriales.

En otras palabras, lejos de invertir las ingentes cantidades de capital en los años previos a la caída del Muro de Berlín en el desarrollo interno del país, lo dedicó a la exportación de narcoterrorismo enmascarado en la ideología marxista-leninista.  

«De acuerdo con las estadísticas oficiales de la isla, el salario medio en Cuba en el año 2016 era de 740 pesos cubanos; al cambio, unos 28 pesos convertibles (26,5 pesos cubanos = 1 peso convertible) o 28 dólares antes de retenciones fiscales (un peso convertible = un dólar). En 2012, cuando Garzón publicó su tuit, ese salario medio (que no mínimo) era todavía menor: de 466 pesos convertibles o 17,5 dólares mensuales. Sí, han leído bien: el trabajador cubano medio malvive hoy con un salario de 28 dólares mensuales: una cifra que muchos (incluido el propio Garzón cuando no se rompe las manos aplaudiendo a la dictadura cubana) reputarían inaceptablemente baja en términos diarios (no digamos ya mensuales) para España.» —Juan Ramón Rallo

Los cubanos somos pobres, y llevamos seis décadas siendo sumamente pobres y no existe un solo dato que lo desmienta. Sin profundizar mucho en el tema, y a modo de ilustración simple pongámonos en contexto.

El salario promedio de los trabajadores en la Cuba revolucionaria y socialista se ha mantenido alrededor de los $30 dólares mensuales ($22 en 2009; $27.93 en 2017; $16,6 2019), con sueldos mínimos de menos de $10 dólares, según los datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).

Incluso después del último eufemismo “La Tarea del Ordenamiento” que describe la llamada “amplia reforma económica” y que quintuplicó el salario mínimo hasta $2.100 pesos cubanos ($87 dólares a cambio estatal). Pero acompañado de una inflación con un pronunciado incremento de precios que para 2021 el salario medio (3838 pesos) era apenas un 18% mayor que el valor estimado de $3250 pesos de la canasta básica vendida por el estado en la capital.

«Por supuesto, uno podría pensar que un salario medio de 28 dólares en Cuba cundirá mucho más que uno de 25 euros en España. Pero no. Dado que Cuba no produce prácticamente nada salvo turismo, todas las mercancías esenciales deben ser importadas y, en consecuencia, se importan a los altos precios de los países que las fabrican. De hecho, y para despejar cualquier duda, las autoridades cubanas también publican una larga lista de precios regulados para productos de primera necesidad: por ejemplo, cinco huevos tienen un precio de 0,6 pesos convertibles (0,6 dólares), un kilo de pechuga de pollo deshuesada asciende a 4,35 pesos convertibles, un kilo de leche en polvo cuesta 5,5 pesos convertibles, un tercio de cerveza supone un peso convertible y 100 gramos de pasta de dientes tienen un precio de 1,2 pesos convertibles. O expresado con otras palabras, el sueldo mensual del cubano medio se extingue en una cesta compuesta por tres kilos de pechuga de pollo, dos kilos de leche en polvo, dos docenas de huevos y un tubo de pasta de dientes. Su sueldo no da para más en todo un mes. Y ya si ese cubano medio quisiera optar por un bien de mucho más lujo como un televisor de tubo de rayos catódicos de 21 pulgadas (nótese el sarcasmo), necesitaría el sueldo íntegro de 10 meses (dado que el salario medio en España es de 1.950 euros al mes, sería equivalente a que un televisor de segunda nos costara casi 20.000 euros).» —Juan Ramón Rallo

Siendo aún peor para el 2022, donde el cambio había roto récord de hasta $200 pesos por un dólar en el presente mes de octubre. O sea que el salario medio de $3838 ÷ 150 = $25,58 USD por mes o $0,85 USD al día, que es menor que los $1,90 USD por día de la línea de pobreza de la ONU.

«La pobreza es mayor de lo que suponemos. Basta con mirar la presencia gris de quienes caminan sin rumbo. A esa legión de seres alienados por el hambre, víctimas de la desproporción entre el salario y los precios de las mercancías, no solo pertenecen los mendigos, los locos sin apoyo estatal, los borrachos que deambulan de la casa al bar y los viejitos cuya pensión mensual les dura una semana» Miguel Iturria

Mas de 60 años de un sistema que se dice superior y hoy en día un médico como yo gana 40 veces menos al mes que su abuelo obrero en 1958 cuando además el peso cubano estaba 1 a 1, a la par del dólar.

«Mucho menos se conoce hoy en Cuba (no hay cómo saberlo) que en 1958 ese salario de 6 dólares diarios era el octavo más alto del mundo, detrás de EE.UU ($16.80), Canadá ($11.73), Suecia ($8.10), Suiza ($8.00), Nueva Zelanda ($6.72), Dinamarca ($6.46), y Noruega ($6.10). Dan fe de ello las cifras de la OIT. En tanto, el salario de 3 dólares diarios de los trabajadores agrícolas cubanos era el séptimo más alto del mundo, luego de Canadá ($7,18), Nueva Zelanda ($6.72), Australia ($6.61), EE.UU ($6.80, Suecia ($5.47, y Noruega (4.38)» – Roberto Alvarez Quiñones

A partir de esta cifra, podemos calcular, que como promedio un trabajador en Cuba gana unos $0.18 USD por hora ($20,86 pesos por hora). Sobre la base de que trabaja 8 horas por día, 5 días por semana y 4 semanas por mes, (total 160 horas).

    “La pobreza absoluta mide la pobreza en relación con la cantidad de dinero necesaria para satisfacer las necesidades básicas como alimentos, ropa y vivienda” – UNESCO

Si nos comparamos con el resto del mundo donde menos del 9% (8,4%) de las personas vive en “extrema pobreza” con menos de $1,90 al día, encontraríamos que más del 90% de los cubanos (9,9 millones) estaríamos dentro de ese porciento extremo.

Mientras las personas viviendo por debajo del umbral de extrema pobreza absoluta continua mundialmente a la baja. Y se puede seguir un estimado a tiempo real en el siguiente link: https://worldpoverty.io/headline

«el número de personas que viven en la pobreza extrema viene cayendo casi continuamente desde hace años; el descenso sólo fue interrumpido por la crisis del COVID-19. Antes de que surgiera el capitalismo, la mayor parte de la población mundial vivía en pobreza extrema. En 1820, la tasa era del 90 por ciento; hoy, ha caído por debajo del 9 por ciento. Lo más sorprendente es que en las últimas décadas la disminución de la pobreza se ha acelerado más rápidamente que en cualquier fase de la historia de la humanidad. En 1981, la tasa era del 42,7 por ciento; en 2000, había caído al 27,8 por ciento; ¡Hoy es el 8,5 por ciento!» —Rainer Zitelmann (@RZitelmann para @HumanProgress)

¿A ONGs anticapitalistas como Intermón Oxfam?

Si se van a presentar argumentos sobre la base de datos, es recomendable como mínimo que se haga con responsabilidad y conocimientos de la calidad de estos y la ética de la fuente primaria. Los datos presentados en los informes de Oxfam no cumplen ni con el mínimo posible de rigurosidad y han sido ampliamente cuestionados, refutados y denunciados año tras año por falsear o mentir directamente.

 «Intermón Oxfam es un órgano de propaganda anticapitalista que no tiene el más mínimo pudor en manipular de manera desvergonzada y torticera a sus donantes y al resto de la sociedad»

«La imaginación de Oxfam no tiene límites cuando se trata de informar que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres»

«Intermon Oxfam lo ha vuelto a hacer. La ONG más populista y amarillista del panorama global ha publicado su ya habitual informe catastrofista anual en el que, esencialmente, nos alerta de que el mundo va a peor, esto es, de que cada vez los ricos son más ricos y los pobres, infinitamente más pobres. Las conclusiones de Oxfam parecen sólidamente asentadas en gráficos, informes y bases de datos, con lo que apenas parece haber espacio para la discrepancia. La realidad, sin embargo, es muy distinta: Oxfam toma datos descontextualizados y con importantes sesgos no explicitados y, posteriormente, los transforma para alcanzar conclusiones disparatadas» —Juan Ramón Rallo

Pues es sabido que los pobres no necesitamos paliativos, porque no nos ayuda a largo plazo. Lo que necesitamos es educación para tener conocimientos y libertad, que no se nos interpongan ni el Estado, ni la corrupción oculta detrás de paladines del espejismo de la justicia social.

No me malinterpreten. No estoy en contra de la filantropía, ni de la solidaridad, ni de la generosidad. Creo que son valores importantes y necesarios en una sociedad civilizada. Pero también creo que hay otras formas de contribuir al bien común, más allá de regalar dinero.

Formas que implican un compromiso real con la transformación social, con la participación ciudadana, con la democracia, con la justicia. Formas que no buscan imponer una visión única y homogénea del mundo, como hace la izquierda mundial, sino que respetan la diversidad y el pluralismo. Formas que no se basan en el paternalismo estatista y el asistencialismo colectivista, sino en el empoderamiento y la autonomía.

«Obstrucción del Gobierno a la observación internacional de los derechos humanos: El Gobierno cubano suele recibir con satisfacción las visitas de organizaciones internacionales que ofrecen ayuda humanitaria, especialmente las que se han opuesto públicamente al embargo estadounidense sobre Cuba. Pero concede un trato distinto a los organismos internacionales de derechos humanos y humanitarios que se muestran críticos con su historial de derechos humanos, prohibiéndoles habitualmente el acceso al territorio nacional. Desde 1995, el Gobierno cubano no ha permitido a Human Rights Watch que regrese a Cuba. El Gobierno cubano nunca permitió la entrada al país del Relator Especial de la ONU sobre los derechos humanos en Cuba» ─Human Rights Watch

Human Rights Watch, La Maquinaria Represiva de Cuba: Los Derechos Humanos Cuarenta Años Después de la Revolución, 1 junio 1999, disponible en esta dirección: https://www.refworld.org.es/docid/57f79452c.html [Accesado el 17 agosto 2023]

También debo recordarles, que fuera de las democracias occidentales, las ONGs como no son bien vistas, y en Cuba no están permitidas a menos que se subordinen directamente al castrismo y en cuyo caso terminan lavando la imagen de la dictadura, como casualmente también hace Oxfam reclamando el fin del “Bloqueo” a Cuba.

No quisiera terminar sin exponer cómo sus ideas están haciendo daño al mundo próspero y civilizado en democracias, algo en lo que enfatizó el presidente de Argentina Javier Milei. Se trata de un archiconocido debate todos tus datos provienen de una gran falacia del marxismo que es su teoría del valor trabajo, y con ella nace la teoría de la explotación, y así arrastran el error de que los pobres son cada vez más pobres porque los ricos son cada vez más ricos, pero eso carece de evidencias demostrables y sí de muchos argumentos en contra como te explicaré a continuación:

En primer lugar, el valor de un bien o servicio no es algo objetivo ni inherente a las cosas, tampoco depende del tiempo o esfuerzo que se invierte en producirlo, sino subjetivo y dependiente de las preferencias individuales y de la utilidad que le otorga el consumidor.

El trabajo no crea valor por sí mismo, sino que lo transfiere o transforma según la demanda del mercado. Por ejemplo, un pintor puede pasar horas trabajando en un cuadro que nadie quiere comprar, o sea su trabajo no tiene valor, mientras que otro puede vender una obra con tres garabatos, o incluso solo su firma en minutos y por un precio elevado.

¿Quién determina el valor? El mercado, es decir, la oferta y la demanda. El valor se determina por la utilidad marginal que le otorga cada persona a un bien o servicio en función de sus necesidades y deseos. Por ejemplo, una misma botella de agua, independientemente de su coste de producción, puede tener un valor muy alto para alguien sediento en el desierto (poca oferta y alta demanda), pero muy bajo para alguien que tiene abundante acceso al agua. Lo dicho, el valor es subjetivo y depende de las preferencias de cada individuo.

En segundo lugar, la riqueza no es un pastel fijo (ni algo limitado) que se reparte entre unos pocos privilegiados, siempre en detrimento de otros muchos explotados, sino algo dinámico y creciente que se crea constantemente gracias a la innovación, el emprendimiento y el efecto multiplicador del intercambio voluntario. La riqueza se crea cuando se produce más de lo que se consume, cuando se ahorra e invierte en capital productivo, cuando se innova y se mejora la eficiencia y la calidad.

Cuando alguien compra un producto o servicio, lo hace porque valora más ese bien que el dinero que entrega a cambio. Ambas partes salen ganando. La riqueza no se transfiere, se multiplica. Por eso el mundo es hoy mucho más rico que hace siglos, cuando no existían las tecnologías y los mercados actuales.

Por ejemplo, un empresario puede crear una empresa exitosa dentro de un mercado competitivo aportando bienes y/o servicios de mayor calidad a mejor precio, generando beneficios para él y para sus empleados, proveedores y clientes. Su riqueza no se hace a costa de los demás, sino que contribuye al crecimiento económico general.

En tercer lugar, los pobres no son más pobres porque los ricos sean más ricos, sino porque carecen de oportunidades para mejorar su situación. La pobreza se reduce cuando hay más libertad económica, es decir, cuando hay menos barreras legales, burocráticas e impositivas para crear y desarrollar negocios. Porque esto aumenta el nivel de vida de las personas mediante el acceso a bienes y servicios básicos como alimentación, salud, educación, vivienda, etc. Los países más libres son también los más prósperos y los que tienen menos desigualdad. Los países más intervenidos son los más pobres y los que tienen más corrupción.

La pobreza no es algo inevitable ni permanente, sino evitable y superable. Pero no se combate con redistribución forzosa ni con asistencialismo paternalista, sino con generación de oportunidades y con incentivos al trabajo productivo y al emprendimiento. Por ejemplo, un trabajador puede mejorar sus ingresos si adquiere más habilidades o si busca mejores empleos para su experiencia. Un emprendedor puede salir de la pobreza si crea un negocio rentable que satisface las necesidades del mercado.

En fin, ustedes se basan en una visión errónea y peligrosa de la economía y la sociedad. Porque parte de premisas falsas y propone soluciones contraproducentes. Su propuesta de aumentar los impuestos a los ricos no solo es injusta e inmoral, sino que es ineficaz para reducir la pobreza, promover la justicia y el bienestar general. Los impuestos desincentivan la inversión, la producción y el consumo, lo que reduce el crecimiento económico y la generación de empleo.

Los impuestos también alimentan al Estado, que se vuelve más grande e ineficiente, gastando más de lo que ingresa y endeudándose cada vez más. Los impuestos no ayudan a los pobres, sino que los empobrecen aún más.

Por el contrario, lo que se necesita es una economía libre y abierta, donde cada persona pueda desarrollar su potencial y crear valor para sí mismo y para los demás. Esa es la verdadera vía para el progreso y la prosperidad de todos.

Pero… ¿Por qué esta heredera millonaria (Stefanie Bremer) quiere más impuestos para ella y el resto de los ricos? ¿Será sencillamente porque su patrimonio no es fruto de su sudor, de su esfuerzo, ni de su sacrificio? ¿Será que quiere fama, influencia, o que solo persigue un capricho de niñita mimada? Dándole el justo veneficio de la duda espero que sus deseos sean legítimos y de así serlo profundice en el valor y el peso de las ideas, y de que una vez implantadas tendrán consecuencias, algunas sabidas y otras nuevas.

Solo le recuerdo con modestia y mis mejores intenciones, que si no trabaja para mantener su patrimonio heredado lo perderá, como demuestran los estudios con los ganadores de la lotería, por ejemplo.

Que de este lado del espectro político sabemos que muchas veces, sino las más, los defensores del modelo totalitario lo hacen porque en realidad no tienen ni idea de lo que hablan. Vive en una burbuja de riqueza y comodidad, y desde ahí quiere dictarle al resto del mundo cómo debieran vivir. Por lo general no reconocen el valor del trabajo, del esfuerzo, de la iniciativa, de la creatividad, de la competencia, del mérito, del sueño de prosperar con el fruto de uno mismo.

De esta forma terminan por no respetar la libertad individual, la propiedad privada, el mercado libre, el estado de derecho, ni la democracia. Se convierten en arquetipos de hipócritas que quiere imponer una receta que nunca ha funcionado y que solo ha generado pobreza, opresión y sufrimiento.

Les insisto, si usted tanto desean ser justos, empáticos y compasivos, haga lo que quiera con su dinero, pero no pretenda obligar a los demás a hacer lo mismo. Si ustedes quieren ser solidarios, donen voluntariamente parte de su fortuna a las causas que le parezcan nobles, pero no exija al Estado que lo haga por usted. Si de verdad ustedes quieren ser un ejemplo, muestre con sus acciones no con movimientos que promulgan fórmulas para dominar a otros.

«Los procapitalistas del mundo no tenemos nada que perder, salvo nuestras cadenas, barreras arancelarias, normas de construcción e impuestos confiscatorios. Tenemos un mundo que ganar»

En conclusión, yo les pido que dejen de autoengañarse y de engañar a los demás con sus falsas promesas. Dejen de fomentar el odio y la división entre los ciudadanos. Dejen de usar al Estado como un instrumento de coerción y violencia. Dejen de ser falsos profetas salvadores porque terminarán llevándonos al abismo.

Contrarevolucionariamente… que Viva La Libertad Carajo!